Fernando Londoño H.

 

Nos duele el corazón cuando miramos las desventuras de nuestros hermanos de Providencia y San Andrés. Pero venga en nuestro consuelo saber que las casas se reconstruyen, los caminos se reparan, las líneas eléctricas se vuelven a tender. Y esa tarea se cumplirá muy pronto, puesta en las manos habilísimas de Susana Correa.

Nos duele ver tanto desastre como el que deja el paso de las lluvias en tantos lugares del país. Pero la maquinaria pesada, bien conducida, hará pronto lo suyo y se abrirán las carreteras de nuevo, los ríos volverán a sus cauces, los pueblos anegados se recuperarán.

Pero sufre la Nación heridas más hondas, de cura imposible si no se dedican a sanarlas todas las energías y se ensayan los más atrevidos remedios.

La Nación tiene hondamente herida el alma y ese mal es mucho más grave que cualquiera otro o que todos sumados.

Cuando asaltan al transeúnte o lo matan por robarle un celular, o una bicicleta o un carro, y cuando ese se vuelve el paisaje cotidiano, es porque caímos al infierno moral.

Cuando el robo a los bienes públicos se repite cada día, sin que pase nada, sin una condena, sin un castigo, sin un público reproche, es porque llegamos al inframundo del subdesarrollo moral, sin remisión a la vista.

Cuando pasa a llamarse mermelada el presupuesto convertido en botín de los aprovechadores y audaces, y al ladrón se premia con un Nobel y a los aprovechadores se los manda al Congreso para que sigan en lo suyo, la expoliación y el saqueo, ¿qué esperanza de redención nos queda?

Cuando el hambre golpea cientos de miles de hogares y nos limitamos a proyectar un futuro menos negro, así, no más, es porque hemos perdido toda forma de sensibilidad, toda capacidad para el asombro, toda esperanza de cambio.

Cuando los bribones que merodean por las arcas públicas triplican la deuda de lo público y al que pregunta dónde fue semejante fortuna dilapidada lo maltratan con el mote de polémico, o mejor, le ponen una bomba para que no proteste más, y asunto concluido, es porque de la caja de nuestra Pandora se pudo escapar hasta la esperanza.

Cuando todos los días ocurre una masacre y ya no nos importa; cuando es cuestión que no para el éxodo campesino impulsado por los violentos; cuando ante nuestros ojos destruyen los bosques milenarios para sembrar la maldita coca, y vuelven lodos inmundos los que fueron ríos cristalinos y todo lo que se nos ocurre es dañar a los que nos protegen y ponerlos en las manos de jueces oprobiosos; cuando la cocaína es ama y señora y a quienes fueron capaces de enfrentarla y derrotarla les reservamos una prisión en alguna Escuela Militar o un proceso en cualquier Corte, es porque no tienen cura los males y porque la infamia se apoderó de nuestras conciencias.

Cuando reconocemos que el único negocio próspero en Colombia es la siembra, producción y venta de la droga; cuando el precio de la cocaína FOB puerto o frontera vale como dos reformas tributarias y el negocio completo, ya calculado por su venta en las ciudades es el segundo mayor del mundo, es porque nos hemos puesto en las manos de los traficantes y nos acostumbramos a vivir de sus fortunas gigantescas

Cuando el Banco de la República celebra el gran éxito de un dólar barato, sin que le importe, le duela ni se avergüence de que esa extraña estabilidad anda mecida en las hamacas del crimen, es porque esa Nación herida no tiene quién la guarde.

Cuando nos importa un pito que no haya quién infunda en el corazón de los niños el santo temor de Dios, ni el valor de la caridad, ni el respeto por la persona humana, nos condenamos a que las heridas del alma nacional sigan sangrando por varias generaciones. Los padres no tienen tiempo ni ganas de educar en estos principios fundamentales y confiamos nuestras criaturas a personas que siguen creyendo que la religión es una super estructura que debe desaparecer.

Esos maestros de lecciones tan erradas hacen menos daño cuando salen a huelga que cuando dictan clases. Y a nadie le explican algo tan elemental como que no saben una palabra de inglés, maldita lengua capitalista, y que sus alumnos sufren la condena al analfabetismo de nuestro tiempo en que consiste la falta de lo que es hoy irremplazable instrumento de comunicación universal.

El alma de la Nación está herida. Y lo más grave es que ni siquiera se lame como el can de Anarkos. Para un gobernante que quiera gobernar, la obra está clara, ineludible, salvadora. O restablecemos el Alma de la Nación, o estamos perdidos para siempre. Así dicho sin ambages, adornos o artificios.

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