Fernando Londoño Hoyos

Periódico Debate

 

Confesamos nuestra curiosidad por saber qué movía a los salvajes que azotan y destruyen el país. Hasta ahora, todo en vano. Veíamos pruebas al canto de que solo les faltaba capacidad de raciocinio para alcanzar a personas. Pero nada que alguno decía lo que lo moviera a obrar peor que los hipopótamos que trajo Pablo Escobar desde el África. ¡Hasta que se hizo la luz!

Anda por las redes el pensamiento político y filosófico de estos truhanes. Lo propone un tipo joven, pasado de largo de los veinte años, edad suficiente para que hubiese aprendido algo de provecho. Y empieza por decir que no va a exponer lo que quiere, lo que juzga muy complejo, sino que va a limitarse a exponer lo que no le gusta y debe ser corregido, por alguien que lo escuche. Es la voz de una generación nueva que va a cambiar este desdichado país, sin el compromiso de decir en cuál le habría gustado vivir.

Pero vamos al tema. Porque detesta este jovencito el desempleo, y el juvenil más que ninguno. Y es tan astuto que propone, para combatir semejante despropósito, destruir los empleos existentes. Que los agricultores no tengan cómo trabajar la tierra; que las fábricas deban cerrar porque no pueden sacar sus productos; que los comerciantes no puedan vender lo que la gente necesita para vivir; que los médicos no puedan llegar a los hospitales, donde hay tantos que luchan por la vida de todos. ¡Qué profundidad de pensamiento!

Desde luego, ya lo advirtió al comenzar, no dirá fórmula alguna para que el odiado Gobierno pueda crear los empleos que se necesitan. Le basta con volver pedazos los que existen.

Al joven de nuestro cuento le parece detestable la corrupción. Como a todos. Y quiere acabarla ejecutando los atropellos más inicuos contra los que quieren trabajar a pesar de tantas aflicciones del país. Porque se tienen que hacer oír. Y de esa manera, claro está.

Le parece detestable a este pensador novedoso y profundo, que busquemos petróleo por el comprobado y comprobable método científico del fracking. Sin explicarlo, porque ya vimos que no tiene la carga de explicar nada, destruye la comida que va para los mercados, ataja el oxígeno que salvará enfermos, condena al hambre millones de personas. Hay que hacerse oír, sin duda. Y ese es el camino que le queda. Nada mejor que dejar podrir los huevos y matar de hambre las gallinas, como método para que se oiga el nuevo pensamiento revolucionario.

Y así se pasa este promotor del sistema de destruir lo que existe para abrirle espacio a un mundo distinto, que por supuesto no tiene la pesada carga de explicar.

Hasta que aparecen las orejitas del lobo. Porque a nuestro joven le molesta la deforestación y tiene fresca la cifra de hectáreas que volvió pedazos el hacha asesina. Y no dice quién deforesta y cómo corregir semejante monstruosidad. Pero a renglón seguido, muestra su ira por el maldito glifosato. Y empezamos a entender, ahora sí. Este amigo del caos lo odia todo, menos la mano que se extiende para pagarle setenta mil pesos por día de violencia a él y a los suyos. Y quiere destruirlo todo, menos las matas de coca. Un buen pase no está de sobra, pensará.

El joven de nuestro cuento, que tiene el mérito de ser único en tratar de expresar lo inexpresable, la violencia suya y de sus amigos contra todo lo que pudo hacerse y se puede hacer en este desventurado país.

Y vaya sorpresa, nos encontramos con una generación que odia el desempleo, la pobreza, la corrupción, la caída de los bosques, la falta de oportunidades, el sistema hospitalario deficiente. Lo que no deja de ser excepcional. ¡Qué profundidad de pensamiento!

Siendo tantos como aparecen en la trágica sucesión de estas violencias, fácilmente hubieran ganado las elecciones pasadas y ganarían las próximas. Con lo que serían dueños de la política, legisladores y Presidente, alguno de los suyos. Pero ese camino les parece nada a propósito. Es muy complicado y ya vimos que no es lo suyo eso tan aburrido de decir lo que se quiere, como que es más fácil tirar bombas molotov a jóvenes policías, levantar barricadas, cerrar caminos, bloquear puertos, matar gallinas y cerdos, arruinar campesinos y cerrar fábricas.

El joven pensador nos quitó la venda de los ojos. Porque nunca mejor definidos los idiotas útiles de Lenin, harto anciano para estos revolucionarios de hoy.

Y nunca nos quedó más claro que no hay cáncer peor que el maldito glifosato y cualquier forma para erradicar la coca. Comunista, como idiota, narco traficante sin saberlo o sabiéndolo demasiado, aquí queda la imagen del primer joven delincuente que ha tenido la bondad de decir por qué comete tantas barbaridades, y por qué es tan redomadamente idiota.

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