DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(30 de junio de 2019)

Padre Joaquín Rodríguez

Mis queridos hermanos:

Después del largo tiempo pascual, comenzado el miércoles de Ceniza y culminado en Pentecostés, hemos venido celebrando la extensión de esa riqueza espiritual en la Liturgia de la Iglesia en las solemnidades de la Santísima Trinidad y del Corpus Christi y, finalmente, el pasado viernes, la del Sagrado Corazón de Jesús. Esta última sirviendo como dichoso puente afectivo-espiritual al regreso al llamado Tiempo Ordinario, tiempo que reconocemos por el color verde de los ornamentos litúrgicos.

El Tiempo Ordinario tiene de todo menos de ordinario, ya que nos regala un contenido profundo de riquezas espirituales al permitirnos recorrer los evangelios y, con ellos, caminar con Jesús por su “Galilea de los gentiles” y su “Judea” donde, al fin, padecería entregando su vida por nuestra Redención. Todos los temas van apareciendo en sus más variadas expresiones de la vida de los hombres que van siendo tocadas, sanadas y bendecidas por Jesús de Nazaret.

Dichosamente este domingo somos cautivados por el tema de la libertad: Libertad de Jesús en su propia vida y como sus acciones y palabras nos van mostrando su relación con “el Padre” y que, al revelarnos a ese Padre celestial con la familiaridad con que sólo el Hijo puede hacerlo, nos invita a su vez a acercarnos al “misterio” de su vida divina; vida a la que poco a poco nos va adentrando.

Empezamos a leer la segunda parte del evangelio de San Lucas: la subida de Jesús a Jerusalén, donde va a sufrir la pasión. Jesús quiere hoy hacer hincapié en el carácter exigente de la vocación apostólica: cuando El llama, desea que se le siga sin tardanza y sin volver la vista atrás (Lucas 9, 51-62).

De este modo, según la primera lectura (I Reyes 19, 16b.19-21) y ante la llamada de Dios, Eliseo abandona el campo en que trabajaba para seguir al profeta Elías. -En su carta a los Gálatas San Pablo afirma la libertad del discípulo de Cristo en relación a la ley judía para poner, en cambio, la libertad como cristianos al servicio de los demás por amor (5, 1.13-18).

Ser libres para seguir a Cristo significa decisión para la renuncia y para asumir las condiciones de un camino difícil, donde el rechazo y la persecución son elementos cotidianos de ese camino que, siempre, supone la Cruz. También debe el discípulo considerar que el mismo “camino” lo va forjando y transformando a imagen del Maestro.

La comprensión de los débiles y la capacidad para absorber golpes como el rechazo son parte del entrenamiento y forman parte de la acción-pasión del seguidor de Jesús de Nazaret. Que la figura humanada del “Hijo del Padre” que hemos recibido a través del don del Corazón de Cristo nos ayude a sintetizar en una sola mirada el “gran amor” del que somos deudores.

 

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