SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

(23 de junio de 2019)

Padre Joaquín Rodríguez

Queridos hermanos:

La Solemnidad del “Corpus Christi” nos llama a celebrar el misterio de la Eucaristía, con especial atención a la institución misma de ésta en su instancia sacramental. Aunque la celebramos como un todo, la Eucaristía es muchas cosas a la vez sin que ninguno de sus diferentes aspectos se superponga a los demás; sólo el acento que le damos en cada ocasión puede modificar nuestra comprensión o preferencia pero sin que pueda cambiar su significado: “Sacrificio, memorial, ofrenda, intercesión, acción redentora, cena fraterna, comunión”, todos estos aspectos y cumplimientos son la Eucaristía, y la lista sería interminable si le aplicamos una mirada por la vía alegórica acudiendo más a la subjetividad, alimentada con las experiencias particulares de cada cual. Así, el aspecto y simbología de la “Cena Pascual” la sitúa en la matriz judía de la Pascua y la proyecta a la Pascua Nueva y definitiva que es, a la vez, “actualización” del sacrificio redentor que comienza con esa cena única que nos trasmiten los apóstoles en sus escritos, y “prenda” del futuro de plenitud del Banquete Eterno. Así, la Eucaristía que celebramos en el tiempo sucede continuamente entre dos acontecimientos: Uno que anuncia, que es el comienzo de algo nuevo, y otro que cumple a plenitud lo anunciado por el primero.

El primer relato bíblico contenido en el Nuevo Testamento le corresponde a San Pablo, debido a que su escrito, recogido en la epístola de hoy, es el de más antigüedad en la tradición cristiana (I Corintios 11, 23-26), escrito que podemos situar en el año 57 de nuestra era cristiana. -La multiplicación de los panes que leemos hoy en el evangelio (Lucas 9, 11b-17), prepara a los discípulos para recibir la revelación del banquete en que Jesús se entrega a sí mismo como comida. -La ofrenda de pan y vino que hizo Melquisedec (Génesis 14, 18-20) aparece como una lejana profecía de la Eucaristía y del sacerdocio de Cristo, como lo interpreta la antigua oración eucarística recogida en el Canon Romano de nuestro Misal.

Completamos nuestra mirada litúrgica, en el más profundo sentido espiritual de la fe cristiana vivida En el misterio eucarístico, repasando someramente las tres oraciones propias de este día: La colecta recuerda que el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo es el memorial de su pasión, y nos hace pedirle que recibamos sin cesar su fruto: “Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión; te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención”.

La oración sobre las ofrendas pone de relieve el significado del banquete del Señor: “Concede, Señor, a tu Iglesia el don de la paz y la unidad, significado en las ofrendas sacramentales que te presentamos”. La oración de poscomunión nos hace descubrir el sabor anticipado de la vida divina, que compartiremos con Cristo en el cielo: “Tu Cuerpo y tu Sangre, Señor, signo del banquete del reino, que hemos gustado en nuestra vida mortal, nos llenen del gozo eterno de tu divinidad”. Cena única, origen de una intimidad, exclusiva entre Cristo y el participante, cada uno de nosotros, en este “Banquete de Eternidad”.

 

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