‘LAS INSIGNIAS DE UN REY’

Monseñor Enrique Díaz Díaz

Filipenses 2, 6-11: “Cristo se humilló a sí mismo, por eso Dios lo exaltó”

Los niños, ¡siempre los niños!, son quienes nos hacen caer en la cuenta de que las cosas sencillas tienen mucha más importancia. A pesar de la modernidad, se han conservado en el pueblo las tradiciones de representar tanto la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, como la entrada “triunfal” de Jesús en Jerusalén. Montado en un borrico, el Nazareno seguido de multitudes hace la entrada a la población aclamado por los personajes que representan a los apóstoles, pías mujeres y discípulos. Son los niños los que captan la contradicción: “¿A poco un rey va a venir montado en un mugroso burro? No, los reyes traen coronas y caballos y carros, están cuidados por guardias, no andan en burro. Éste es otra clase de rey”.

Para ellos es inconcebible un rey montando en un burrito, y más ahora que ya casi desaparecen del pueblo y que para la representación se tiene que alquilar un burro cuando antes hasta sobraban ofrecimientos. Así que ahora el “poderoso” nazareno monta en un burrito que es “alquilado” para representar una escena y que después desaparece. “Es otra clase de rey” ¡Qué contradicción!

Si imaginamos los acontecimientos vividos en tiempos de Jesús descubriremos la misma contradicción: los grandes personajes no son aclamados por la chusma, ni montan en burro; no caminan sin protección, ni se dejan tocar. Jesús es un rey que responde a las expectativas de un pueblo pobre, oprimido, pero tocando sus fibras más íntimas, los cuestionamientos más profundos. Parecería contradictorio pero su entrada a Jerusalén da un nuevo sentido a la espera del Mesías. No se trata de vivir por y para el poder; no se pretende encontrar la felicidad en las riquezas; no se busca la satisfacción en los placeres. Jesús, con sus gestos y sus propuestas, ofrece otra felicidad y una visión muy diferente.

Hoy que “celebramos” el domingo de Ramos y nos acercamos a Jesús, como uno más de los que lo aclaman, ¿qué nos dice y qué deja en nuestro corazón? Un burrito prestado, unos mantos regados por el camino, ramos arrancados de los árboles de las orillas, son las insignias de este rey, ¿cómo tendríamos que seguirlo hoy? Sus actitudes parecen un reproche a los grandes personajes de su tiempo y a los poderosos actuales; pero también son expresiones sinceras de lo que debe ser importante: vivir la sencillez y la armonía en el corazón y no en el exterior.

Es un Mesías que cambia todas las perspectivas y que busca la verdadera felicidad del corazón. No se presenta Jesús, aunque lo llamen maestro, como los otros maestros que pontifican, juzgan y condenan; sino que se presenta como el pastor que acoge, escucha y acompaña.

Domingo de Ramos inicia la semana santa. Nuestras calles y nuestras iglesias se llenan de ramos y de cantos: ¡“Viva Cristo Rey”! Queremos acompañar a Jesús, queremos hacer un memorial de aquella primera entrada triunfal en Jerusalén. ¿Triunfal? Por más sencilla que parezca la podremos llamar triunfal, pero una entrada lejana del triunfalismo y del poder que aplasta. Va Jesús, pobre, montado en un burrito que no impresiona a nadie. Y quizás sea por eso, porque no quiere impresionar, sino manifestarse como un Mesías sencillo y humilde; no quiere oprimir, sino quiere dar la vida; no quiere esclavizar, sino quiere liberar.

¡Qué diferente de otros líderes que entran en nuestros pueblos! ¡Qué diferente de nuestras ambiciones y nuestros egoísmos! La manifestación de Jesús en este día será un reproche serio a un mundo que se organiza a favor y a partir de la economía y de la ganancia; es una denuncia de un falso mundo que dejando de lado la dignidad de las personas, se alza en nuevos poderes y nuevas estructuras; una sociedad que olvidándose de las necesidades del que sufre, hace ostentaciones de riquezas y de lujos. Domingo de Ramos es una llamada al respeto de la dignidad y derechos de la persona en cuanto ella misma, no en cuanto produce o en cuanto tiene.

Muchos han querido callar a Cristo en nuestros tiempos. Nos hacemos sordos y no queremos escuchar sus palabras. Nos irrita su insistencia en la dignidad y valor de cada persona como hijo de Dios. Pero hoy, igual que entonces, Cristo proclama su palabra, con verdad y valentía. Cuando los fariseos reprenden a Jesús para que haga callar a sus discípulos, la respuesta es contundente:“Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras”.

Jesús no entra a Jerusalén como un conquistador pero sí tiene una propuesta que hacer a todos los que allí se congregan. No quiere conquistar por las armas pero ofrece un reino distinto desde la sencillez de un pollino, desde los gritos entusiastas de la multitud y con las palabras de una enseñanza diferente. Jesús no era mudo en aquel entonces, ni puede serlo en nuestros días. No quiere callar ante la injusticia ni ante los ataques a la vida. Alza su voz por todo el que sufre.

Jesús no puede pasar desapercibido en nuestro mundo como si fuera sólo una voz que no tiene nada qué decir a este ambiente de injusticia y corrupción. No podemos ni debemos imaginar un Jesús apagado que no seduce, que no llama, que no toca los corazones. Jesús hoy se coloca en el centro de las comunidades para desde ahí manifestar su palabra. Jesús se alberga en el corazón de los sencillos para desde ahí decir su verdad. ¿Seremos capaces de escucharlo?

Al mirar a Jesús hoy tendremos que renovar nuestro esfuerzo por pensar, sentir, amar y vivir como Jesús. Esto deber a estar en el corazón de todo creyente en Semana Santa. Es cierto que se inicia con la celebración de una entrada triunfal muy especial, pero después y a partir de la proclamación del evangelio de este día, se manifiesta en la entrega plena de amor y compasión por todos los hombres. Semana Santa es la manifestación de la misericordia de Jesús. Su donación, su cruz, muerte y resurrección, serán el grito que clama por la vida en una cultura de muerte.

Hoy acompañemos a Jesús con gritos de alegría y hosannas, pero durante toda la semana acompañémoslo en su pasión, muerte y resurrección. Somos sus discípulos ¡Vivamos esta semana con Jesús!

Padre, lleno de amor, que nos has entregado como ejemplo de humildad a Cristo, nuestro salvador, hecho hombre y clavado en una cruz, concédenos vivir según las enseñanzas de su pasión, para participar con Él de su gloriosa resurrección. Amén

https://es.zenit.org/articles/monsenor-enrique-diaz-diaz-las-insignias-de-un-rey/

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image