DOMINGO DE RESURRECCION

(21 de abril de 2019)

Padre Joaquín Rodríguez

“Nadie podrá quitarles su alegría” (Juan 16, 22) Son palabras de Jesús en su discurso de despedida durante la Ultima Cena según San Juan. Desde la tristeza y expectación de la Pasión que comienza, Jesús promete a sus discípulos regresar y llenarlos de la alegría de su Resurrección. Ellos no lo comprenden todavía, pero atesoran sus palabras que comprenderán muy pronto cuando vean el sepulcro vacío y lo vean y oigan a El, resucitado.

Este Domingo es único, precisamente es el que le da el nombre a este día de la semana cuyo significado es: “el Día del Señor”. Antes de este evento único de nuestra fe y de la historia de la salvación el actual domingo era simplemente el primer día de la semana, siendo el último (y hasta entonces el culminante de la semana hebrea y romana) el sábado; cuyo nombre viene en la lengua española del hebreo Sabbath, el día del descanso y alabanza, y el día de Saturno para los romanos, nombre que ha quedado en la lengua inglesa: Saturday.

Celebrando la fiesta más importante del Año Litúrgico: la resurrección de Jesús, el Domingo de Resurrección viene a ser como el día insignia de los cristianos. Toda nuestra Fe, que tiene su razón de ser en el evento de la resurrección y en el propio Resucitado, tiene como referencia indispensable e inevitable el Día del Señor: el Domingo, nombre que viene del latín “Dominica Die”. En inglés se ha conservado, como en los otros días de la semana, el nombre pagano de “Día del Sol”: Sunday.

Como siempre quiero invitarlos a reflexionar a partir de la Palabra, así que les doy los textos del Domingo de Pascua: (Hechos 10, 34ª.37-43) para la primera lectura; (Salmo 117); (Colosenses 3, 1-4) para la segunda y (Juan 20, 1-9) para el evangelio, que nos relata la experiencia de primera mano del propio evangelista. El sábado en la vigilia leemos a san Lucas (24, 1-12) en el evangelio, que ha sido precedido de varias lecturas del A.T. (hasta siete según la selección posible), más la epístola. Todo esto precedido por el Lucernario (Liturgia de la Luz), que comenzamos afuera de la Iglesia con la bendición del fuego nuevo y el Cirio Pascual, signo de Cristo Resucitado-Luz del Mundo.

Los que han participado en esta preciosa Vigilia Pascual ya tienen la experiencia inigualable y no necesitan mucha explicación. Para quienes no lo han hecho nunca, sólo me queda invitarlos a la misma; podrían comprarse un Misal o estudiarlo si ya lo poseen para que se acerquen, al menos, intelectualmente. Pero sólo la experiencia presencial y vivida puede mostrarles cómo la Iglesia celebra el comienzo de “la Nueva Creación” y expresa esa “Alegría” a la que Cristo nos convoca. Se trata de la “Alegría del Espíritu de Dios”, del “Espíritu Santo” embargando nuestra vida toda y comunicándonos todos esos dones, la sabiduría, el gozo interior y, sobre todo, la CARIDAD: el don por excelencia, la única virtud necesaria que quedará cuando lleguemos a la meta, al encuentro...en fin: AL CIELO.

 

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