SEPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(24 de febrero de 2019)

Padre Joaquín Rodríguez

Queridos hermanos:

Este domingo comenzamos a leer el sermón del monte, con que comienza la predicación de Jesús según el evangelio de San Lucas. Como decíamos el pasado domingo, al comentar la versión lucana de las Bienaventuranzas, diferentes en su formulación y enfoque a las que encontramos en el evangelio de San Mateo, este evangelista pone su acento y orientación en la práctica exterior y con fuerte referencia a la justicia social cuando se refiere a la acción de la gracia en el creyente, y en la consiguiente práctica de las virtudes cristianas; lo cual no agota el tema que, así y todo, es tratado con legitimidad evangélica. En San Lucas prima la ley de la caridad: el amor a los enemigos, la mutua ayuda, el perdón. (Lucas 6, 27-38).

Esta virtud, ”la caridad”, erigida ahora como ley, había sido practicada hasta entonces por los mejores de entre los hombres del pasado. Así, vemos cómo David rehusa tomar venganza de Saúl, que pretendía darle muerte (I Samuel 26, 2.7-9.12-13). -Comenzando con el amor a los enemigos y terminando con la compasión y el perdón de las ofensas, esta pieza evangélica nos presenta un programa de elevación moral a partir de la imitación de Dios, del “Altísimo”, del “Padre”, a quien imitamos los cristianos y que hace salir el Sol sobre todos sin distinción.

En la “Oraci?ón del Señor” decimos: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos…”. Todo resulta de una vocación, de una llamada a ser consecuentes: “Quienes somos, qué pedimos y a quien pertenecemos”. Sólo debemos imitar a Dios y siempre tenemos que hacerlo para llamarnos hijos suyos.

En su primera Carta a los corintios (I Cor. 15, 45-49) San Pablo nos presenta a Jesús como el Señor de una nueva humanidad que vive para Dios. Con su referencia a Adán, imagen del hombre terreno, nos llama a dejarnos configurar con Cristo para llegar a ser como El, el segundo Adán, el hombre celestial.

-Entramos aquí en la reflexión teológica de la Cristología, o del misterio del “Verbo Encarnado” como es llamado este tratado en esa indispensable disciplina, que estudia la Revelación contenida en las Sagradas Escrituras. Sin adentrarnos en el estudio y comprensión de este misterio nos resultaría muy difícil comprender y aceptar estas “invitaciones-mandatos” del Señor, que nos exigen superar en el espíritu las limitaciones de la carne, a las que pertenecen el rencor, el odio, la venganza, la revancha, el egoísmo y todo lo que pertenece al mundo sin Dios. Cristo resucitado es testimonio de la forma de vida gloriosa a la que están llamados los cristianos, es el nuevo Adán, primicia de una nueva humanidad.

 

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