CUANDO OBSCURESE AL MEDIODÍA

Por Hugo J. Byrne

El 30 de septiembre de 1938 se reunieron por la última vez los representantes del "Tercer Imperio" Germano, el Imperio Británico y la República de Francia, en la pintoresca ciudad de Múnich, capital del Estado de Baviera. En esta última ocasión había otro jefe de estado presente, "Il Duce" Benito Mussolini, de la Italia fascista. Este último hizo presencia solamente como observador, a pedido del Canciller Hitler.

Tanto Adolf Hitler como Neville Chamberlain decidían la posibilidad de un arreglo en el asunto de las áreas al occidente de la antigua Checoeslovaquia, estado remanente del desmembrado Imperio Austro-húngaro. Esa área estaba poblada por gentes de lengua, y cultura germánicas.

Herr Hitler utilizó sus más efectivas habilidades dialécticas, diplomáticas y bombásticas para convencer al Primer Ministro Británico Neville Chamberlain de que ya no habría de su parte más ambiciones ni demandas territoriales en Europa. Al entonces premier de Francia, Edouard Daladier, no se le vio muy activo. Simplemente observaba con reprimida angustia las discusiones y por momentos lucía y se comportaba como un amanuense de Chamberlain.

En ocasiones anteriores una delegación checoeslovaca había estado aguardando ser oída desde una sala contigua, pero en esa oportunidad ese salón estaba vacío: no habría buenas noticias para los checoeslovacos. Una situación que merece estudiarse es la diferente reacción personal entre Chamberlain y Daladier al regreso de su esfuerzo por atajar las ambiciones de Hitler, Al primero se le veía eufórico flotando al viento el infame mamotreto firmado por el austriaco, mientras repetía "¡paz para nuestros tiempos!" La pequeña audiencia que fue a recibirlo al aeropuerto de Croydon lo ovacionaba con legítima fruición.

La reacción de Daladier ante las multitudes que lo ovacionaban al paso de su ferrocarril de regreso a París fue muy diferente. El apodado "Torito de la Camarge", por su legendaria agresividad política, estaba silencioso y sombrío. François Poncet, entonces Embajador de Francia en Berlín, le oyó murmurar: "Estos pobres tontos que nos ovacionan, nos lincharían si entendieran la barbaridad que hemos hecho".

La única vía de entender el presente drama humano es compararlo con el pasado. ¿Tenemos algún otro elemento de juicio? Aunque aún no existía el infame Pacto Ribbentrop-Molotov, las izquierdas radicales de occidente eran pacifistas declaradas y muchos británicos y americanos prominentes eran admiradores de Hitler y los nazis, incluyendo el famoso piloto Coronel Charles Lindbergh, el Embajador de Washington en Londres, Joseph Kennedy, Lord Halifax y hasta el abdicado Rey Eduardo VIII. Otro tanto puede decirse sobre el poeta Ezra Pound en su infatuación con Mussolini y su Fascio.

Las decisiones tomadas en la única base de la intuición algunas veces son correctas, pero aquellas que se basan en el raciocinio y usando elementos de juicio tangibles, tienen siempre mayores probabilidades de éxito. Los triunfos iniciales de Hitler fueron todos intuitivos. El histrión ridículo intuyó correctamente que los franco-británicos nada harían, cuando él dejara totalmente desguarnecido el frente occidental, usando el 90% de sus efectivos en la invasión de Polonia.

Solo después de la conquista polaca y de los meses de la llamada "phony war", fue cuando sus descansadas y victoriosas Panzers invadieran los Países Bajos y Francia. Esa fase de la Segunda Guerra Mundial solamente duró seis semanas. Al final de la ofensiva nazi, Hitler intuyó de que los británicos izarían bandera blanca.

Esa fue la primera vez que su olfato traicionaría a Hitler. Chamberlain había renunciado como Primer Ministro y su lugar lo ocupaba ahora otro político conservador pero totalmente distinto. Winston Spencer Churchill, notoriamente fracasado a la ofensiva en Galípoli durante la Primera Guerra Mundial, era no obstante un oponente tenaz y resuelto a la defensiva, quien como "John Bull" (contrapartida británica de "Uncle Sam"), mordía y no soltaba.

Sobre la llamada "Battle of Britain", se ha escrito mucho y mayormente erróneo. La propaganda presentaba a la "Royal Air Force" como una especie de David derrotando a Goliat. La realidad era muy distinta. Los británicos pelaron dentro de un radio de acción, que era por lo menos la mitad del que tenía que cubrir la "Luftwaffe", que no solo perdía cazas, sino los más caros bombarderos. Los británicos reemplazaban sus pérdidas materiales sin problemas como lo demuestran las estadísticas. Solamente tuvieron algunos problemas reemplazando a pilotos muertos o heridos.

Contribuyendo a la derrota alemana sobre los cielos de Gran Bretaña, fue también la preparación de "Barbarrosa", palabra código para la fracasada invasión a la Unión Soviética y el uso efectivo aunque primitivo del "Radar". No obstante, la leyenda de los "muchos debiendo tanto a tan pocos" no representa la realidad histórica.

"Barbarrosa" terminó en desastre, tanto ante las puertas de Moscú, en Stalingrado o en Karkov. También Noráfrica Sicilia, Italia y el resto de Europa Occidental fue arrebatado a los nazis en tiempo record por los Aliados. Ignorar la realidad es la definición de insania.

Quien no juzga las acciones humanas por los resultados está provocando el desastre. El llamado "Tercer Imperio" germano, de acuerdo a sus promotores duraría diez siglos y apenas duró doce años, aunque costó más de cincuenta millones de vidas. ¿Cómo podemos evitar otro desastre mundial de tal envergadura? La primera condición es no escuchar cantos de sirenas de políticos trasnochados. Los germanos siguieron a Hitler tal como los niños de Hamelin al notorio Flautista ¿Elegiríamos presidente al carcamal de Bernard Sanders? ¿A "Espartaco" Booker? ¿A "Tamala" Harris? ¿Al "jamonero" Biden? A regañadientes me quedo con Trump.

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image