FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

(13 de enero de 2019)

Padre Joaquín Rodríguez

Mis queridos hermanos:

Después de la Solemnidad de la Epifanía de la infancia de Jesús, celebramos hoy, en su Bautismo, la Epifanía que da comienzo a su vida pública, Con esto concluye el tiempo de Navidad a lo largo del cual hemos proclamado nuestra fe en la divinidad de Jesucristo y en nuestra propia divinización en El.

El bautismo administrado por Juan a Jesús en el Jordán es un momento esencial para comprender el Evangelio. Los apóstoles comenzaban la narración de los hechos y dichos del Señor a partir de este acontecimiento, interpretándolo como la unción mesiánica del que sería llamado por eso “El Ungido” por el Espíritu Santo: “Mesías” en su versión hebrea y “Cristo” en la griega que solemos usar en la Iglesia, uniéndolo también al nombre cuando lo llamamos “Jesucristo”.

Ambos aspectos del misterio de la encarnación resplandecen vivamente en el Bautismo de Jesús. Jesús de Nazaret bajó al Jordán con los pecadores pero, al salir del agua, Dios revela en El a su Hijo amado y el Espíritu, posándose sobre El, nos lo muestra como el consagrado por excelencia, el Ungido del Señor, el Cristo. Entonces Juan puede testificar que es el “Hijo de Dios” y también que es el que “purifica al mundo del pecado”. -En el bautismo de Jesús se da una “manifestación” de su divinidad a la vez que se nos revela el “misterio del nuevo bautismo”.

En palabras de San Gregorio Nacianceno: “Jesús entró en el agua para santificarla y, cuando sale de ella, “restablece en algún modo, elevándolo junto a sí, al mundo sumergido en el pecado y, ahora redimido por la Gracia”. -Quienes renazcan del agua y del Espíritu serán hijos de adopción de Dios. Para ser merecedores de ese nombre y nueva condición de “Hijos de adopción” hemos de permanecer atentos a la palabra del Hijo unigénito.

El evangelio de esta Fiesta narra cómo estando Jesús bautizándose, el Espíritu Santo descendió sobre El y la voz del Padre se hizo oír para presentarle como “su Hijo amado” (Lucas 3, 15-16.21-22). De esta manera tenía cumplimiento la palabra del Señor por el Profeta: “Miren a mi Siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero; sobre El he puesto mi Espíritu” (Isaías 42, 1-4.6-7). -Jesús, glorificado por el Padre y consagrado por el Espíritu, podía ya comenzar su ministerio; San Pedro (Hechos 10, 34-38) lo resume con las siguientes palabras: “Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”.

Al celebrar esta Fiesta del Bautismo del Señor, la Iglesia manifiesta de nuevo su unidad firme y antigua, manifestada en la confluencia de fiestas y solemnidades, a veces con nombres diferentes en sus dos grandes vertientes: “la greco-oriental” y “la latino-occidental”; pero siempre con significados que manifiestan el mismo origen y la misma tradición espiritual que, en lenguaje cristiano llamamos “comunión”. Comunión nunca acabada y siempre en avance y formación, como una búsqueda de la perfección en “la carrera hacia la meta que es Cristo”.

 

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