REGALO DE CUMPLEAÑOS

Por Hugo J. Byrne

En octubre 8 del 2018 en mi 84 aniversario se cumplieron también 51 años que se hiciera justicia a un cobarde matarife. No escribo sobre un malhechor cualquiera, sino de un alevoso asesino en serie, quien usando premeditación y ensañamiento, superara en víctimas inocentes a muchos otros criminales considerados peores por muchísimos ignorantes. Sin embargo, sus crímenes no se ciñeron a la matanza de inocentes.

A pesar de que era subalterno por naturaleza y de que fracasaba cada vez que no tuviera cerca a su amo y mentor, dejó como verdugo un rastro de sangre difícil de igualar. Su legado destructivo incluyó la descomposición material y moral de una sociedad antaño honrada, digna y productiva: la sociedad cubana en la que tuve la inmensa suerte de nacer y vivir casi hasta los 26 años de edad.

Me refiero a un sujeto llamado Ernesto Guevara de la Cerna, oriundo de Argentina y más conocido entre los amables lectores por el vulgar apodo de “Ché”. Esta notoriedad no se debe a nada especial o noble en su biografía, sino precisamente a todo lo contrario. Si Guevara hubiera sido un hombre virtuoso e inteligente, capaz de un legado digno y glorioso, nunca pudiera haber sido comparsa, adulador y alumno fracasado de la otra rata que era su mentor y guía.

Para la descripción personal de Guevara tengo cierta singular ventaja, aún entre más de uno de sus numerosos biógrafos: desgraciadamente lo vi en persona. Por demandas de "trabajo", dos veces estuve en el mismo recinto con el “Comandante”, como parte del forzado auditorio del maloliente personaje.

Cuando el negocio de madera y materiales de construcción al por mayor donde trabajaba fuera confiscado sin compensación por el régimen castrista en el otoño de 1960, pasé automáticamente a integrar la nómina del estado. Por su parte Guevara, después de haber destruido la moneda cubana como Presidente del Banco Nacional (y entre insistentes rumores de desencanto por parte de su mandamás), fue designado Ministro de Industrias. Fui también a parar a esa flamante dependencia del régimen, aunque por supuesto en una posición insignificante, debido a la sospecha oficial en la solidez de mi “fervor revolucionario”.

Guevara vestía el consabido uniforme “olive drab”, exhibiendo más o menos las insignias de su rango, pero a la usanza menos marcial posible. La mitad de los ojales los tenía desabotonados. La camisa por fuera, bajo un “field jacket” siempre abierto, demasiado pesado para el clima cubano. Incluso a veces usaba las botas con los cordones zafados y los pantalones por encima de ellas. En el U.S. Army donde serví en Ft. Jackson (1963), vestir así habría acarreado meses consecutivos de hacer “push ups”. La única comparación que se me ocurre es el uniforme que deshonrara el cara de caballo John Kerry durante sus declaraciones ante un subcomité del congreso, denunciando las “atrocidades norteamericanas en Vietnam”. Por supuesto, la indumentaria de Guevara mejoraba algo cuando tenía que participar en asuntos oficiales junto a su amo.

A su desastrado aspecto personal unía Guevara un hedor nauseabundo, el que sólo podía ser causado por cotidiano desaseo. Esa característica era universalmente despreciada en Cuba, país cálido y húmedo, donde hasta los hombres y mujeres más humildes, hacían gala de limpieza y pulcritud. Finalmente “el Ché” unía a su desagradable presencia una actitud peor: era irónico, arrogante y abusivo con sus subordinados inmediatos. Las dos “charlas” a las que asistí consistieron en simples arengas revolucionarias, leídas entre mordiscos a un babeante tabaco y durante las que nunca miraba en derredor.

Guevara solamente levantaba la cabeza del texto cuando había terminado de leer, mirando a la audiencia con una mitad sonrisa, mitad mueca, entre irónica y displicente, correspondiendo a la consabida y servil ovación. Este detalle mereció de un viejo compañero de trabajo la observación de que el segundo apellido del argentino no debía ser de la Cerna, sino “de la Sorna”. Este amigo, cuyo nombre no puedo mencionar, pues no sé si aún vive y permanece en Cuba, era el único en ese grupo de empleados que se unía a mi imprudente decisión de cruzar los brazos a la hora del aplauso.

Al final de la segunda (y por suerte última) “charla” de Guevara a la que asistí, su mirada burlona paseándose entre el grupo de cuarenta y tantos empleados del ministerio, se detuvo momentáneamente en mi persona. No creo que le importaran un comino los brazos cruzados de un joven de actitud aburrida. Su expresión era más de curiosidad irónica que de irritación. Inmediatamente después se levantó abandonando la sala sin despedirse y dando por terminada la insufrible cantaleta marxista.

Meses después, ya en el destierro, empecé a conocer con más detalles la historia criminal de Ernesto Guevara y mucho más tarde a calibrar su imagen mitológica cuidadosamente cultivada por el régimen de La Habana, contrastándola con la de quienes observaron objetivamente su infame proceso vital. La diferencia es bien consistente cuando se comparan las biografías laudatorias escritas por quienes utilizan como información la propaganda proveniente del régimen castrista, con la descripción de aquellos que fueron testigos presenciales de sus actos, o la de quienes fueran víctimas de su crueldad. Quien quiera dude de su inclinación asesina debe tener la honestidad de leer lo que escribió el propio Guevara en su diario durante su última aventura en Bolivia.

Me honro con la amistad de muchos viejos combatientes como José Castaño, veterano de Bahía de Cochinos e hijo del Oficial de Inteligencia del mismo nombre asesinado alevosamente por Guevara en la fatídica prisión colonial llamada La Cabaña. El Teniente Castaño fue ultimado para que desapareciera con él la extensa información que sobre actividades comunistas había cuidadosamente acumulado durante años. El testimonio de José Castaño, reproducido en un libro de hace algunos años sobre Guevara del popular escritor Humberto Fontova, es nada menos que impresionante.

Sin embargo, en mi opinión aún más revelador sobre la verdadera personalidad del desastrado atorrante y sobre la calidad humana (¿o inhumana?) de sus acólitos, son las memorias de uno de ellos, quien aún veneraba el recuerdo de quien lo tratara con absoluto desprecio, ensañamiento y crueldad. Tal es el caso del llamado guerrillero “Benigno”, antiguo cocinero de Guevara durante su fracasada aventura de Bolivia y uno de los pocos supervivientes de la misma.

En el libro que alguien le escribiera desde su cómodo destierro de París, el tal “Benigno” admitió haber llorado amargamente por las injurias soeces que el “Guerrillero Heroico” le endilgara de gratis, al ordenarle un cambio en el menú del día. ¿Qué mejor descripción de la categoría moral de ambos? A todos cuantos participaran en la captura y ejecución del “Ché” Guevara, incluyendo póstumamente a quienes sufrieran la venganza castrista, ¡gracias por un extraordinario regalo de cumpleaños!

La enorme mayoría de acéfalos que aún lo creen un ícono revolucionario no tienen la más mínima idea de quién fue Guevara, cuáles eran sus actividades preferidas y su capacidad para avanzar su ideología, o lo que pasaba por ella. Era verdaderamente racista y se ensañaba con indios y negros por igual. Especialmente tenía un desprecio profundo por esos últimos a los que tildaba de cobardes y malos soldados,

No creo que alguna vez matara a alguien en buena lid. En su diario de campaña campean las ejecuciones de hombres indefensos y maniatados y la satisfacción que experimentaba cuando los veía expirar. Confesaba que le atraía el olor de la pólvora y de la sangre simultáneamente.

Pero ajusticiar al indefenso era su única violencia. Al "guerrillero heroico" no le agradaba combatir. Sus especialidades bélicas se ceñían a uír, ejecutar y rendirse: "¡No tiren, para ustedes yo valgo mucho más vivo que muerto!"

 

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