POEMA DEL CENTENARIO

Por Agustín Acosta 

Mensaje a la Juventud 

No todo cuanto acerca de Martí debe decirse, esta dicho en el "Poema del Centenario". Pretenderlo sería imperdonable vanidad, reprochable alarde de suficiencia.

Tal vez implícito en el Poema, haya un alerta a la juventud, una advertencia que debe ser tenida en cuenta por los jóvenes que asumen actitudes impropias y aceptan, sin meditación y sin estudio, ideas que son ajenas al medio en que vivimos. En cuanto a otras ideas contenidas en el Poema, cada cual es dueño de su juicio, y puede, por tanto, enjuiciarlas de acuerdo con su espíritu y con su cultura, o bien desdeñarlas por intrascendentes o improbables.

Agustin ACOSTA 

POEMA DEL CENTENARIO

 

I

 

Cien cirios... cien estrellas... cien rosas o cien lirios

—atributos de gloria— ornen tu natalicio.

Cante tu nacimiento el ruiseñor más alto.

La alondra mas ingenua trine el más bello canto.

Y después... que la furia del vendaval intente

apagar cirios, rosas, estrellas... si es que puede.

Rosas... Ya tu has cruzado la rosa de los vientos.

Cirios... Ya tu conoces el que alumbra los cielos.

Lirios... Tú fuiste acaso su sembrador más dulce:

lirios blancos y rojos y amarillos y azules.

Estrellas... Una sola to bastaba:la estrella

que Como un lirio blanco sembraste en la bandera.

¿Que importan vendavales? ¿Huracanes que importan?

No apagaran tus cirios, tus lirios y tus rosas.

Y nadie habrá que intente robar luz a la estrella,

porque tú eres el ángel de su custodia eterna.

Así, en la gloria de este “birthday” extraordinario,

estrellas, cirios, rosas ornan tu Centenario.

 

II

 

Es cierto que dejamos a medias el camino,

y nuestros piés hirieron las zarzas y los riscos.

Ya lo hallarán de nuevo tus hijos imprudentes;

y un día —un fausto día— cuando menos lo esperes,

una generación más pura que la nuestra

para acabar tu obra tendra que asir to herencia.

Sé que nadie les quita el sobre a tus mensajes,

más ser indiferentes no siempre es ser culpable.

La juventud, por serlo, ni es lauro ni es disculpa:

millonaria de sueños tú ofrendaste la tuya,

para que extermináramos toda codicia innoble

y supieramos ser discípulos de un Hombre;

y no muñecos ávidos del oro despreciable

que no manchó la nieve de tus alas de arcángel.

Grietas de luz aclaran la niebla entre nosotros;

pensativos de tí te siguen nuestros ojos.

El tiempo ha sido nuestro más fértil tributario:

estrellas... lirios... rosas ornan tu Centenario.

 

III

 

No altera un culto exótico tu pauta y tu doctrina:

tu mantienes incólumes tu Evangelio y tu Biblia.

Tu venías de más allá del pensamiento,

y azucenas de entonces perfumaban tu sueño.

Mentes que hurgan lo oscuro aman tu verbo arcano,

y hay luz de nuevo en el camino de Damasco.

La sombra del eclipse es sombra transitoria:

¡nadie sabe la luz que hay detrás de una sombra!

Callan las voces altas, puede callar el Verbo:

¡nadie sabe la música que hay detrás de un silencio!

Tu simiente no ha sido esperanza infecunda:

rumor de pinos nuevos dice el alma de Cuba.

Ya desbordas el vaso... ya traspasas los muros...

Tu luz abre una brecha en la noche del mundo.

Cincuenta años suman apenas un instante

para que el alma pueda comprender lo inefable.

El sacro templo ha roto su viejo obituario:

campanas inauditas loan tu Centenario.

 

IV

 

Inutilmente esquivan tu luz los que te niegan:

Platón es en sí mismo su foco y su Academia.

Hálitos de egoísmo mustian tu rosa blanca,

pero es fresco el celeste rocío de tu alma.

Todo cuanto dijiste fué sorpresa y augurio.

El dogma no fué índice de tu saber oculto.

Burlo tu desaliento lo que ya tu sabías,

guerras, traiciones, muertes, discordias infinitas.

Engels y Marx difunden su propaganda aviesa.

¡Y Cristo esta cerrando las aulas de Judea...!

Alas de muerte rondan en torno de los astros,

y ya San Juan les suelta la brida a sus caballos.

Tiene que ser. Tú sabes el encadenamiento

que existe entre los astros, los hombres y el misterio.

Y sabes que llegada la inevitable hora

tanto vale ser hombre como ser mariposa.

Apuntan ya las fiestas de un nuevo calendario:

lunar y soles nuevos dicen tu Centenario.

 

 


 

Han vibrado, han vibrado llenas de tí, las almas:

yo he visto en ojos fieles el brillo de las lágrimas.

Y en una noche —gloria de un viejo pueblecito-

en una noche tuya... ¡quién sabe si te he visto...!

Una sonrisa apenas tu rostro iluminaba.

Eran tus ojos tristes... tu rostro de Jamaica...

Sentí el más dulce frío de un clima que no existe,

la sorpresa, el encanto, la visión imposible...

Sentí todo el temblor de un mundo revelado,

y ya mi fé no niega la gracia ni el milagro.

Ya sé que a toda voz —ternura inmensa— acudes

en los negros ocasos y en las albas azules.

Ya sé que, centinela de tu inmortal designio,

tu nombre tiende puentes de luz sobre el abismo.

Tal me dijo la triste firmeza de tus ojos,

presente to en un ancho círculo luminoso...

Por ley desconocida es este tu escenario.

Rubia de miel tu cera arde en el Centenario.

 

VI

 

Vanos serán los cánones de un nuevo catecismo.

Padre nuestro, ¡tu cuidas el alma de tus hijos...!

¡Ah, cuanto no darían por no haberte tenido

los que a exóticos credos esclavizan su espíritu`

Orgullosos de tí, y al presumir quién eres,

del lauredal del mundo cobramos los laureles,

y damos sol al verde laurel de tu corona

para que no lo enfríen las nieves de la Historia.

En aquel que adivina tu angustia y tu secreto,

por encima del juicio tramonta el sentimiento,

como por sobre el múltiple eslabón de los Andes

tramonta —luz residua— los soles de la tarde.

La sombra de la noche es sombra transitoria,

¡nadie sabe la luz que hay detrás de una sombra...!

Calla a veces la voz a mitad del sendero,

¡nadie sabe la música que hay detrás de un silencio...!

Dicen: Martí, los vientos que llegan de los mares;

dicen: Martí, las voces que vienen en el aire.

El cielo abre a los Angeles su eterno lucernario,

y ellos junto a nosotros loan tu Centenario.

 

VII

 

Agrúpase el cortejo de los que en tí confían,

de los que te han prestado innumerables vidas

para que dar pudieras en el sendero oscuro

amor y libertad a los hombres del mundo.

El sexto coro asume tu claro magisterio:

devas imperturbables te siguen en silencio.

Y tú, como amparando la infancia de nosotros,

en tu crisol de ayer refundes nuestro oro.

¿Qué importan vendavales? ¿Huracanes qué importan?

No apagarán tus lirios, tus cirios y tus rosas.

Cincuenta años suman apenas un instante

para que el alma pueda comprender lo inefable.

Allá, donde la vida cuaja en eterna aurora,

planos desconocidos saben tu dulce sombra.

E inaugura un novísimo sistema planetario

el cirio del recuerdo que arde en tu Centenario.

 

 

                                                                                                                                    

 

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