Agustín Acosta: El poeta de la nación cubana.

Alfredo M. Cepero.

Conocí a Agustín Acosta en el otoño de 1953 cuando, procedente de mí letárgico pueblito de Amarillas al borde de la Ciénaga de Zapata, cursaba mi quinto año de bachillerato en el Instituto de Matanzas. A sus 67 años (había nacido el 12 de noviembre de 1886 en la ciudad bañada por las aguas del San Juan y del Yumurí) este genio modesto y solícito todavía conservaba tanto su agilidad mental como su vitalidad física.

Para un grupo de poetas jóvenes que habíamos hecho del Parque de La Libertad una especie de recinto de nuestra peña, Agustín era casi adorado como el Santo Patrón de la poesía matancera. Un puente literario entre bardos como Byrne, Plácido, Heredia, Boti y Navarro Luna—quienes hicieron de Matanzas la Atenas de Cuba—y unos aspirantes a poetas algunos de los cuales alcanzaron fama y popularidad y otros seguimos haciendo versos como terapia para el espíritu. Entre ellos Carilda Oliver Labra, Hugo Ania, Romualdo Suarez, Nestor Ulloa Rodríguez, Reynol González, Toto Dragner y yo. Pero eso sí, teníamos nuestro flamante “De paso por el sueño”, un programa diario de poesía presentado por el locutor Evaldo Milián y por mí que se transmitía a través de las ondas de CMGW Radio Matanzas.

 

Por esos meses había escrito Agustín su “Poema del Centenario” con motivo de la conmemoración del centenario del natalicio de José Martí. Tuve el honor de declamarlo en una logia masónica del pueblo de Jagüey Grande, donde el poeta había ejercido como Juez Municipal recién graduado de la Facultad de Derecho de la Universidad de la Habana. Pero sin dudas las dos creaciones que lo identifican y definen son el “Canto a Martí”, siempre maravillosamente declamado por Dalia Iñiguez, y “Las Carretas en la Noche”. Ahora bien, para quienes consideramos a la poesía como instrumento de patriotismo y servicio Agustín Acosta es una fuente inagotable de inspiración y estímulo. Ahí están como testimonio sus obras de “La Zafra” y los “Camellos Distantes”, dos ejemplares de los cuales me dedicó con su firma y que constituyen dos de los tesoros mas preciados que dejé atrás cuando, como tantos otros compatriotas, salí de Cuba para “volver en poco tiempo”.

 

Muchos críticos literarios consideran a Agustín Acosta uno de los mas celebres escritores cubanos del Siglo XX. Otros afirman que en sus obras se incluyen algunos poemas líricos libres del pesimismo que dominó en la poesía cubana a principios de la república. Y todos coinciden en que su estilo se destaca por la sencillez de los posmodernistas con acentos, en ciertos poemas bien definidos, del modernismo y el romanticismo. Incluso algunos han llegado a decir que, en Agustín Acosta, la poesía cubana ganó un maestro de la versificación, pero Cuba perdió a un gran prosista. Porque la fluidez de su prosa nada tenía que envidiar a la nitidez y sobriedad de su poesía.  

 

Por otra parte, quizás a regañadientes fue arrastrado el poeta a la vida pública. Después de sufrir cárcel durante la dictadura de Gerardo Machado, Agustín fue designado primero Gobernador de Matanzas y después Secretario de la Presidencia durante el gobierno de Carlos Mendieta Montefur. Entre 1936 y 1944 fue electo dos veces senador por la Provincia de Matanzas. Y por esos años presidió el Partido Unión Nacionalista cuyo nombre reflejaba a cabalidad las convicciones políticas y las vivencias emocionales del poeta y del patriota.

 

Pero la política de esos tiempos resultó demasiado tortuosa y putrefacta para el espíritu sublime de este idealista. A lo largo y ancho de su obra predomina el amor a la sensatez y a la patria, no a un régimen político particular. Y para 1955, cuando el Congreso de la República lo declara Poeta Nacional, este hombre intenso y sensible decide refugiarse de manera permanente en el mundo encantado y encantador de su poesía. Y así, como un moderno Fray Luis de León, atesora Agustín su privacidad para capear el huracán de la tiranía comunista.  

 

Cuando en 1971 decide salir de Cuba apela a su viejo amigo Nicolás Guillén para que le obtenga el permiso de salida y le dice: “Voy a cumplir 85 años y estoy enfermo…Mi vista está cada día peor y esto me tiene muy preocupado”. Después se refiere a su situación y a la de su diligente esposa Consuelo en estos términos: “Solos los dos en cama y enfermos. No podemos salir a buscar medicinas y alimentos y no tenemos a ninguna persona que nos ayude porque los parientes están lejos y los particulares, o no conocen nuestro estado o, egoístamente, quieren desconocerlo”.

 

Enfermo y casi ciego llegó a la ciudad de Miami el 12 de diciembre de 1972 donde tuve la satisfacción de visitarlo por última vez en el verano de 1973 y dedicarle mi poema “Saludo al Poeta Nacional”. Entre otras cosas le digo: “Tú Agustín estas en la vanguardia/ de esta batalla sin rifles y sin balas/ que se libra en las mentes y en las almas/de este pueblo que se quedó sin lágrimas”. Y así se aferró a la vida por otros seis años con la ansiedad de ser testigo de nuestro amanecer de libertad. Por fin, el 12 de marzo de 1979 se fue por los caminos del cielo para transformarse de nuestro Poeta Nacional en el Poeta de la Nación Cubana. Porque nadie mejor que él sería capaz de servirnos de inspiración y guía en la obra de hacer realidad la Cuba Martiana a la que dedicó lo mejor de su creación poética.

 

 

 

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