LA EXHUMACIÓN DE FRANCO

Por Hugo J. Byrne

A mi "hermano menor", Esteban Fernández.

Lo que hagan los estados con los muertos a su custodio no es tema de mi interés. Sin embargo, es del interés de mucha gente y los que comentamos con regularidad sobre el diario acontecer no podemos ignorar las preferencias de los lectores. Este preámbulo es a guisa de disculpa para quienes no estén acostumbrados a encontrar asuntos como ese en esta columna.

Un juez en España muy juiciosamente (valga la redundancia), decidió en contra de la exhumación del cadáver del General Francisco Franco de la cripta del “Valle de los Caídos”, colosal monumento funerario a la memoria de quienes perecieron en combate o a consecuencia la Guerra Civil entre 1936 y 1939. Estoy de acuerdo con el juez. El panteón enorme es también una meca turística por la que desfilan más de un millón de visitantes por año. En consecuencia se trata de una fuente de ingresos nada despreciable. Nada hay condenable en eso. Sin tratar de establecer comparaciones, los monumentos de Washington D.C., la Abadía de Westminster, el Arco de triunfo de la Estrella y el Coliseo, son también legítimas fuentes de ingresos.

Algo que nunca he comprendido es la gran popularidad (o notoriedad) que suscita Franco entre muchos cubanos, algunos de los cuales apenas conocen la vida de otros extranjeros quienes ayudaron supremamente a la formación de nuestra nacionalidad cubana. Figuras tales como Máximo Gómez, Frederick Funston y Orestes Ferrara, para mencionar sólo a tres de los principales entre otros muchos.

No es que muchos tengan real conocimiento de la historia de Franco. Con frecuencia sólo pueden aportar lugares comunes como el de que fue un “gran general”, o que “salvó a España del comunismo”. Me pregunto cuántos de ellos han leído una biografía del militar ferrolano. He leído tres, dos de ellas moderadamente laudatorias y la tercera bastante objetiva. Existen también aquellas que barren el suelo con Don Paquito, pero confieso no haber leído ninguna. Procuro estar enterado de quién es quién y adjudico simpatías u hostilidad de esa manera. ¿Cuál es mi única brújula? Cuba, su libertad y dignidad. "One track minded? You bet!" No me excuso con nadie. No puedo tener lealtades divididas.

La muy sangrienta Guerra Civil de España, iniciada por un golpe de estado sin éxito, se caracterizó por las más increíbles incongruencias. Una de las más notorias en mi criterio fue el destino del General Gonzalo Queipo de Llano. El brutal y aristocrático de Llano, era originalmente partidario de la república de 1931, masón y anticlerical. Además, despreciaba a Franco (llamándolo a sus espaldas “Paca la culona”).

Para colmo, había servido prisión por criticar al ejército y oponerse al gobierno de Primo de Rivera. Su hija estaba casada con uno de los hijos de Niceto Alcalá Zamora, cabeza del gobierno. Pero la única capital de España conquistada por los nacionalistas en julio del 36 fue Sevilla. Queipo no sólo la tomó, sino la mantuvo y fue el primer militar en utilizar con éxito la radio para propaganda. Queipo había peleado contra nuestros insurrectos en Cuba y contra los rifeños en Marruecos. Al final de la guerra no ocupó posiciones de importancia y su estrella se eclipsó, pero ya estaba viejo y dada su historia previa pudo haber encarado un destino peor.

A pesar de que Franco no es santo de mi devoción, tengo algo en común con él. Por alguna absurda razón los cubanos, tal como nuestros antepasados españoles, teníamos la ridícula costumbre de llamar a nuestros hijos (por lo menos en la fe de bautismo) con todos los nombres de la familia, más el del santo del día en su nacimiento. Imagino que lo hacían para que nadie se sintiera excluido. Franco se llamaba Francisco, Paulino, Hermenegildo y Teóbulo. ¡Cuatro nombres propios! Que nadie se asombre, los míos son seis, pero me atengo al Registro Civil, en donde por suerte me llamo solamente Hugo Juan.

Franco nació en diciembre de 1892. En el mismo mes, pero seis años más tarde, se firmó el Tratado de París mediante el cual España fue forzada a conceder independencia a Cuba, ceder Guam a Estados Unidos y venderle Filipinas al mismo país por $20 millones. Las derrotas aplastantes siempre acarrean resentimiento. En los años cincuenta la guerra Hispano-cubano-americana todavía se estudiaba en las escuelas primarias de España como “El Desastre”.

No cabe duda que Franco, cuya edad escolar coincidiera aproximadamente con “el desastre” y cuya familia paterna oriunda de Andalucía y emigrada a Galicia tenía una tradición de servicios en la Marina de Guerra (a pesar de que su padre y hermano eran republicanos), recibió en sus años formativos la más negativa impresión sobre Cuba y Estados Unidos. El acercamiento a Eisenhower y los tratados de defensa mutua con Washington, nacieron sólo de necesidades imperiosas dictadas por la geopolítica durante la guerra fría. El pequeño general del Ferrol aún veía a Estados Unidos con desconfianza, como a un viejo y abusador enemigo quien había despojado a Madrid de su “patrimonio imperial” en este Hemisferio. Franco nunca simpatizó con Washington y menos aún con nosotros, los exiliados militantes.

A fines de los años cuarenta en Madrid se publicaba la revista “Mundo Hispánico”, impresa por una institución llamada “Instituto de la Hispanidad”. En ella escribía Franco usando el seudónimo de “Hispánicus”. En un artículo de “Hispánicus” que yo leí (para que nadie ahora venga con cuentos), se denunciaba nuestra independencia cubana como una miserable villanía promovida por “masones y traidores”. El llamado Instituto promovía el descabellado retorno al “seno de la Madre Patria”, por todas las naciones descarriadas (léase independientes) de habla española en América.

Entonces no sabía quién era “Hispanicus” y tenía solamente catorce o quince años. Muchos años después y ya en el destierro, leí un artículo de fondo de ABC, escrito por Torcuato Luca de Tena, que me sacó de dudas.

¿Cuál fue la política de Franco hacia el Régimen castrista hasta su muerte en 1975? A pesar de los incontables insultos hacia España y del saqueo impune de propiedades españolas en Cuba (terceras en el orden de víctimas económicas, tras las cubanas y norteamericanas), Franco conservó inalterablemente sus relaciones diplomáticas y comerciales con Castrolandia. Es más, durante su mandato se incrementaron.

¿Alguien recuerda la irrupción del Embajador Lojendio encarando a Fifo en la CMQ?, vi como este último reculó cobardemente y lo único que se le ocurrió balbucear fue: “¿Cómo ha llegado éste hombre hasta aquí?” La reacción de Franco fue el retiro inmediato de Lojendio.

Me dicen que los exiliados cubanos fueron muy bien recibidos en España. ¿Es eso un argumento? También fuimos bien recibidos por Washington durante la administración de Kennedy. Este último abandonó a su suerte a los expedicionarios de Bahía de Cochinos en 1961 y garantizó la seguridad y permanencia del régimen castrista en el otoño de 1962. Obama solamente culminó la infamia.

Franco no murió durante la guerra, ni como consecuencia de ella. José A. Primo de Rivera no murió en combate, pero fue asesinado alevosamente durante el conflicto. Primo pertenece allí. ¿Y Franco? En mi opinión también.

El juez está totalmente correcto. ¿Qué beneficio haría su exhumación? Dejen tranquilos a esos muertos. Los únicos candidatos a ese tránsito, para un servidor de los lectores, son quienes nos impusieron la tiranía castrista. Abogo por su traslado del camposanto a la fosa séptica.

 

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