HACIA UNA TRANSICION PACIFICA EN EGIPTO

Por Charles Krauthammer

Traducción de Alfredo M. Cepero

(English version follows)

 

¿Quién no ama una revolución democrática? ¿Quién no se siente conmovido ante la pérdida del miedo y la reclamación de dignidad en las calles de El Cairo o de Alexandria?

 

Por eso es comprensible que la rebelión en Egipto haya sido recibida con tanta euforia a nivel mundial. Todas las revoluciones son bienaventuradas en sus inicios. El romance podría ser perdonado si estuviéramos en el Paris de 1789. Pero no lo estamos. En los 222 años que han transcurrido desde entonces hemos aprendido algunas lecciones sobre como terminan muchas de estas cosas.

 

Es cierto que la revolución egipcia tiene una base amplia. Pero también las tuvieron las revoluciones francesa, rusa e iraní. De hecho, la revolución iraní logró el triunfo solamente cuando los estudiantes, los comerciantes, las amas de casa y las fuerzas seculares se unieron a la lucha. Mientras estuvo limitada a los clérigos fundamentalistas no fue capaz de derrocar al Sha. ¿Y quienes terminaron en control del proceso? Los más disciplinados, despiadados y comprometidos ideológicamente: los radicales islámicos.

 

Esta es la razón por la cual la democracia representativa tiene que ser nuestro primordial interés estratégico y moral en Egipto. Una democracia que no caiga en las manos de aquellos que creen en un hombre, un voto, una sola vez. Esa sería la suerte de Egipto si la Hermandad Musulmana lograra imponer su voluntad. Esa fue la suerte de Gaza, actualmente bajo el puño brutal de Hamas, el brazo palestino de la Hermandad Musulmana. Quienes deseen comprobarlo solo tienen que leer el artículo 2 de los estatutos fundacionales de Hamas. 

 

Muchos sagaces analistas occidentales nos dicen que no debemos preocuparnos por la Hermandad Musulmana porque solo cuenta con el 30 por ciento de los electores de Egipto. ¿Y se supone que esto nos proporcione tranquilidad? En un país donde la oposición democrática secular es débil y ha sido diezmada por décadas de persecución oficial, cualquier partido islámico cuente con el 30 por ciento de los votos controlará el gobierno. Las elecciones tendrán que llevarse a cabo. El principal objetivo de los Estados Unidos debe ser la orientación de un período de transición donde las fuerzas democráticas seculares tengan oportunidad de competir.

 

La dinastía de Mubarak dejó de existir. Es un anciano de 82 años, odiado por sus compatriotas y sin oportunidades de reelección. La pregunta restante es quién llena el vacío. Existen dos posibilidades: un gobierno provisional de fuerzas opositoras, posiblemente encabezado por Mohamed ElBaradei, o un gobierno interino bajo control militar.

 

ElBaradei sería un desastre. Como jefe de la Agencia Internacional de Energía Atómica, este hombre hizo lo indecible para hacer realidad la fabricación de una bomba atómica por los clérigos iraníes. (Tan pronto él abandonó el cargo, la Agencia emitió un informe condenando el programa enérgicamente).

 

Y, peor aún, ElBaradei se ha aliado a la Hermandad Musulmana. Una alianza de esa naturaleza carece de todo equilibrio. La Hermandad cuenta con organización, disciplina y un amplio apoyo popular. En el 2005, obtuvo alrededor del 20 por ciento de los escaños en el parlamento. ElBaradei no cuenta con partidarios propios, no tiene base política y tampoco cuenta con una historia política dentro de Egipto.

 

Ha vivido por décadas fuera del país. Tiene menos derecho a la residencia en Egipto que el que tiene Rahm Emmanuel a ser considerado como residente de Chicago. Un hombre sin partidarios, aliado con un partido político poderoso y organizado, no es otra cosa que un figurón y un vocero sin autoridad, un idiota útil que la Hermandad tirará por la borda cuando ya no necesite la cobertura de una figura internacional.

 

Los militares egipcios son, por otra parte, la institución más estable e importante dentro del país. Comparte los valores de la cultura occidental y sospecha, con razón, de la Hermandad Musulmana. Es también respetada por el pueblo egipcio porque el Movimiento de Oficiales Libres derrocó la monarquía en 1952 y, mas tarde en 1973, restauró el orgullo nacional recuperando el Sinaí en la Guerra de Octubre.

 

Los militares son el mejor vehículo para conducir al país hacia unas elecciones libres en los próximos meses. Desde el punto de vista de los Estados Unidos, debe ser irrelevante que lo haga con Mubarak como jefe, con el vicepresidente Omar Suleiman o con cualquier tecnócrata que no provoque la ira de los manifestantes. Tampoco debe importarnos si el ejército decide enviar a Mubarak al exilio a los efectos de aplacar a la oposición.

 

El objetivo primordial debe ser la creación de un período de estabilidad durante el cual las fuerzas democráticas seculares y los elementos de la sociedad civil pueden organizarse lo suficiente como para prevalecer en las elecciones que se avecinan. ElBaradei es una amenaza. Mubarak esta fuera del escenario de una manera o la otra. La llave son los militares. Los Estados Unidos deben mantener silencio y trabajar entre bastidores para ayudar a las comadronas militares—y tratar de garantizar mas tarde—lo que ahora parece una meta remota: la democracia egipcia.   

 

 

^TOWARD A SOFT LANDING IN EGYPT<
^By CHARLES KRAUTHAMMER=
     
     WASHINGTON -- Who doesn't love a democratic revolution? Who is not moved by the renunciation of fear and the reclamation of dignity in the streets of Cairo and Alexandria?
     The worldwide euphoria that has greeted the Egyptian uprising is understandable. All revolutions are blissful in the first days. The romance could be forgiven if this were Paris 1789. But it is not. In the intervening 222 years, we have learned how these things can end.
     The Egyptian awakening carries promise and hope and of course merits our support. But only a child can believe that a democratic outcome is inevitable. And only a blinkered optimist can believe that it is even the most likely outcome.
     Yes, the Egyptian revolution is broad-based. But so were the French and the Russian and the Iranian revolutions. Indeed in Iran, the revolution only succeeded -- the shah was long opposed by the mullahs -- when the merchants, the housewives, the students and the secularists joined to bring him down.
     And who ended up in control? The most disciplined, ruthless and ideologically committed -- the radical Islamists.
     This is why our paramount moral and strategic interest in Egypt is real democracy in which power does not devolve to those who believe in one man, one vote, one time. That would be Egypt's fate should the Muslim Brotherhood prevail. That was the fate of Gaza, now under the brutal thumb of Hamas, a Palestinian wing (see article 2 of Hamas' founding covenant) of the Muslim Brotherhood.
     We are told by sage Western analysts not to worry about the Brotherhood because it probably commands only about 30 percent of the vote. This is reassurance? In a country where the secular democratic opposition is weak and fractured after decades of persecution, any Islamist party commanding a third of the vote rules the country.
     Elections will be held. The primary U.S. objective is to guide a transition period that gives secular democrats a chance.
     The House of Mubarak is no more. He is 82, reviled and not running for re-election. The only question is who fills the vacuum. There are two principal possibilities: a provisional government of opposition forces, possibly led by Mohamed ElBaradei, or an interim government led by the military.
     ElBaradei would be a disaster. As head of the International Atomic Energy Agency, he did more than anyone to make an Iranian nuclear bomb possible, covering for the mullahs for years. (As soon as he left, the IAEA issued a strikingly tough, unvarnished report about the program.)
     Worse, ElBaradei has allied himself with the Muslim Brotherhood. Such an alliance is grossly unequal. The Brotherhood has organization, discipline and widespread support. In 2005, it won approximately 20 percent of parliamentary seats. ElBaradei has no constituency of his own, no political base, no political history within Egypt at all.
     He has lived abroad for decades. He has less of a residency claim to Egypt than Rahm Emanuel has to Chicago. A man with no constituency allied with a highly organized and powerful political party is nothing but a mouthpiece and a figurehead, a useful idiot that the Brotherhood will dispense with when it ceases to have need of a cosmopolitan frontman.
     The Egyptian military, on the other hand, is the most stable and important institution in the country. It is Western-oriented and rightly suspicious of the Brotherhood. And it is widely respected, carrying the prestige of the 1952 "Free Officers Movement" that overthrew the monarchy and the 1973 October War that restored Egyptian pride along with the Sinai.
     The military is the best vehicle for guiding the country to free elections over the coming months. Whether it does so with Mubarak at the top, or with Vice President Omar Suleiman or perhaps with some technocrat who arouses no ire among the demonstrators, matters not to us. If the army calculates that sacrificing Mubarak (through exile) will satisfy the opposition and end the unrest, so be it.
     The overriding objective is a period of stability during which secularists and other democratic elements of civil society can organize themselves for the coming elections and prevail. ElBaradei is a menace. Mubarak will be gone one way or the other. The key is the military. The U.S. should say very little in public and do everything behind the scenes to help the military midwife -- and then guarantee -- what is still something of a long shot: Egyptian democracy.
     

 

 

COMENTARIOS


como siempre, una traduccion fenomenal, gracias !
Hace 836 dias.

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