LA HABANA: LOS ORÍGENES DE LA METRÓPOLI

Haroldo Dilla Alfonso, Santo Domingo

 

 

“…es ciudad en sombras,
hecha para la explotación de las sombras,
sombra ella misma…”
(Alejo Carpentier)
 

El esplendor habanero no tuvo émulos dignos en ningún otro centro urbano del Caribe Hispánico. 

A los que nacimos y crecimos en La Habana, y hemos sido parte de su arrogancia metropolitana, nos cuesta trabajo imaginar su origen tortuoso, como un pequeño poblado zigzagueante y errático, varias veces expuesto a la desaparición. 

Pero fue así por mucho tiempo. A mediados del siglo XVI La Habana no era más que una aldea vapuleada por un pirata de cuarta categoría, Jacques de Sores, cuya embestida en 1554 hizo correr al Gobernador español hasta lo que entonces era un poblado de indios llamado Guanabacoa. Su supervivencia se debía a su modesto rol como aprovisionadora de comida y animales de los colonizadores de la Nueva España. Debió ser, imagino, uno de esos puntos geográficos que los marinos trataban de evitar por aburridos e insalubres. 

Nota del editor: Uno de los pobladores de aquella aldea era mi antecesor por línea paterna, el Capitán Francisco Cepero, conquistador de la Isla de Cuba con Diego Velázquez de Cuéllar, y cuya casa se encontraba ubicada en la esquina de Obispo y Oficios en la Ciudad de la Habana. 


Varios poblados caribeños le aventajaban en riquezas y habitantes, y en particular la ciudad de Santo Domingo, un lugar cosmopolita que reunía a comerciantes, plantadores, aventureros de todos los tipos y una Iglesia poderosa que contaba en su planta con los primeros proponentes del humanismo contemporáneo: los frailes Antonio de Montesinos y Bartolomé de las Casas. Centro político y eclesiástico del imperio naciente, la actual capital dominicana albergaba algunas primicias continentales de altos quilates: la primera universidad, la primera catedral, la primera calzada empedrada de corte europeo, las primeras mansiones de piedra, y también la primera aglomeración marginal en lo que hoy es el pintoresco barrio de Santa Bárbara.
 

Todavía en 1580 La Habana tenía —por número de hombres españoles jefes de familias— el sexto lugar en el Caribe, con sólo 60. Si calculamos unos 7 habitantes por cada “vecino”, entonces la población total debió rondar los 400 habitantes. Le aventajaban en población Santo Domingo, San Juan y tres villas cubanas: Baracoa, Bayamo y Santiago de Cuba, que era la capital colonial. Pero ya por entonces la suerte de la ciudad comenzaba a cambiar. 

El punto de arranque de la primacía habanera estuvo ligado a un marino incansable, católico devoto y cercano colaborador de Felipe II: el asturiano Pedro Menéndez de Avilés. Llegó a ostentar una condición que muchos políticos cubanoamericanos envidiarían: Gobernador de Cuba y de la Florida. Pero Menéndez de Avilés fue sobre todo un estratega que gustaba imaginar las cosas en el largo plazo. Por eso aconsejó la fortificación de La Habana, Santiago de Cuba, Santo Domingo, San Juan y algunos otros puertos continentales.

 

Y lo que no es menos importante, recomendó el mantenimiento del sistema de flotas que garantizaba el abastecimiento y la comunicación entre estas piezas imperiales, y el uso del Canal de las Bahamas como ruta hacia España y del puerto de La Habana como el lugar de reunión de las naves. Curiosamente nunca le interesó la futura capital cubana, sino para garantizar la conquista de La Florida y el exterminio de los franceses hugonotes. Fue el primer “hombre fuerte” del Caribe y también el primer político en pensar la región como un sistema condicionado por la geopolítica —una tradición que se ha mantenido por siglos— y como una frontera que dejaba fuera un entorno diferente y eventualmente hostil.


El sistema de flotas fue el pecado original de la grandeza habanera. La estancia de decenas de barcos de diferentes tonelajes y cargados de mercancías muy valiosas, proveía a la ciudad de un mercado de marinos ociosos por buena parte del año, de un stock de mercancías para distribuir entre las colonias vecinas, de la oportunidad de brindar servicios a los barcos, de un tonelaje ocioso remanente que podía ser saciado con “frutos de la tierra” y de los fletes más bajos del continente. Un set de ventajas que los habaneros supieron aprovechar muy bien.

Y le confirió por más de dos siglos una oportunidad que compartiría (desigualmente) con otras ciudades caribeñas: los situados mexicanos. Es decir, la transferencia neta del plus producto mexicano con las finalidades declaradas de construir las fortificaciones y de pagar los emolumentos de funcionarios y soldados.  

Pero en la práctica los situados fueron un puntal de la acumulación temprana de la élite local y de los funcionarios de más alto rango. Finalmente la ciudad se convirtió en una monumental plaza amurallada que desalentó los apetitos de los piratas más audaces, y solo fue forzada una vez, en 1762, cuando los ingleses decidieron movilizar a través del Atlántico a la flota de guerra más grande de su época. Pero habría que reconocer que se trató de las fortificaciones más caras del continente. 

Fue así como La Habana y su hinterland se constituyeron: desde su privilegiada bahía. Fue, y sigue siendo, una ciudad portuaria, siempre mirando al mar (como hacemos los habaneros en el Malecón) y con las puertas de sus casas abiertas e insomnes, esperando al transeúnte en busca de comida, ron, alojamiento o solamente de una noche de amor. Fue la maravillosa hechura del puerto y su ubicación las que determinaron su fortuna.

 Ya en 1553 el Gobernador se mudó para la villa, aunque el status oficial de capital lo recibió cuarenta años más tarde, en detrimento de Santiago de Cuba. En 1592 un edicto real le confirió la condición de ciudad, “llave del nuevo mundo y antemural de las Indias Occidentales”. Y sin lugar a dudas, ya en el siglo XVII La Habana era la ciudad más importante del Caribe. Un cronista italiano la describió en las postrimerías de ese siglo como una ciudad agradable, llena de gente simpática y marcada por casas multicolores de un solo piso. En su bahía se estacionaban decenas de barcos esperando el momento para partir en nutridos convoyes hacia los puertos de Andalucía. Y en la ciudad se movía una masa de población flotante de marineros, soldados y negociantes que casi igualaba la población de la ciudad calculada en algunos miles de habitantes. 

Era una ciudad alineada en torno a un eje marcado por cuatro plazas: la Plaza Vieja, la de San Francisco de Asís, la de Armas y algo más tardíamente la de la Catedral. Aquí se fueron construyendo las casas más lujosas, cuyas plantas altas eran reservadas para habitación de las familias y la planta baja usada como almacenes de productos y de esclavos. En sus contornos fue creciendo una población pobre que habitaba en bohíos y casas rústicas de madera, y que no tardó, contra todas las previsiones estratégicas, en brincar las murallas y comenzar a poblar el hinterland inmediato de la ciudad. 

El esplendor habanero no tuvo émulos dignos en ningún otro centro urbano del Caribe Hispánico. 

Desde fines del siglo XVI, Santo Domingo comenzó una brutal decadencia que desdibujó su carácter urbano por cerca de dos centurias. La ciudad primada de América —sin un puerto adecuado, sin agua y lejos de las principales rutas comerciales— quedó reducida a una ciudadela cuyo único signo de abolengo continuó siendo las edificaciones ruinosas de la Ciudad Ovandina. La suerte de San Juan fue menos dramática debido a su rol militar como puesto fronterizo del imperio y como prisión, pero ello no le deparó una historia menos mediocre. Una y otra quedaron desconectadas en términos económicos de sus entornos insulares, frente a los cuales actuaron como cascarones burocráticos. 

Otras ciudades gozaron de una mejor inserción al comercio colonial, pero quedaron relegadas a la función de “ciudades factorías”. Cuando la dinámica comercial cambió sus rumbos, quedaron inevitablemente varadas en la inopia económica. Fue el caso, por ejemplo, de Portobelo, sede de la feria más importante del continente, y posteriormente (aunque con mejor suerte) de su sucesora, Cartagena de Indias. 

La Habana se benefició de su condición de centro político, e indiscutiblemente de su posición en el comercio. Pero lo que hizo la diferencia en el caso de la capital cubana fue su condición de proveedora de mercancías, insumos y servicios técnicos a la flota y a todo el Caribe Occidental (Mérida, Campeche, San Agustín, La Guaira, Cartagena) y que solo podía realizar movilizando los recursos y los productores de su entorno. La Habana, por consiguiente, basó su desarrollo en la subordinación de un hinterland en expansión: primero el más inmediato marcado por sus suburbios hortícolas y boscosos, desde el siglo XVIII toda la porción occidental (lo que se conoce como la Cuba A) y desde fines del XIX toda la Isla. 

A mediados del siglo XVIII la ciudad se organizaba en 1,5 kilómetros cuadrados, unas 120 manzanas, con una densidad de unas 300 personas por hectárea. Esto arrojaba una población cercana a los 50 mil habitantes, más unos 10 mil provenientes del entorno más inmediato de la ciudad. Era cinco veces mayor que las dos ciudades cubanas subsiguientes: Puerto Príncipe y Santiago de Cuba. Y abarcaba algo más del 20% de la población insular. 

Comparado con otras ciudades caribeñas, La Habana tenía en esa época 10 veces más población que San Juan y unas 13 veces más que Santo Domingo. Curiosamente tenía entonces un tercio más que lo que tendría San Juan en 1910 y el doble de la población de Santo Domingo en 1920. La Habana era, indiscutiblemente, la metrópoli del Caribe. 

Su despegue urbano, por consiguiente, estuvo ligado trágicamente al fracaso de Santo Domingo. La ciudad Primada —sin un puerto adecuado, sin agua potable y poco agraciada en términos marineros— no pudo soportar la competencia de una ciudad con una bahía inmejorable y una corriente marina que circulaba a unos kilómetros de su boca y colocaba a los barcos de vela, en muy poco tiempo, en la entrada del Mediterráneo.

 

 

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me parece un articulo interesantisimo
Hace 3191 dias.

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