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La acusación: La masacre de Tucson es consecuencia del “clima de odio” creado por Sarah Palin, el Tea Party, Glenn Beck, los opositores del Plan de Salud de Obama y otros muchos espantajos inventados por las izquierdas.
El veredicto: Muy pocas veces en la terminología política norteamericana se han formulado acusaciones tan temerarias, difamatorias y totalmente injustificadas.
En lo que a asesinos se refiere, Jared Loughner no es un tipo reservado. Sin embargo, en ninguno de sus escritos, publicaciones, videos u otros delirios—al igual que en el testimonio de la gente que lo conocía—hay referencia alguna a estos supuestos cómplices del asesinato.
No solamente no existe evidencia de que Loughner fuera impelido a la violencia por cualesquiera de aquellos en quienes se han ensañado Paul Krugman , Keith Olberman, The New York Times, el sheriff de Tucson u otros fanáticos rabiosos. No hay pruebas de que haya actuando influenciado por algo, tanto político como de otra naturaleza, fuera de su propia perturbada cabeza.
¿Un clima de odio? Este hombre vivía dentro de un clima creado por sí mismo. “Sus pensamientos no tenían relación alguna con el mundo de la realidad”, dijo el maestro de la clase de filosofía de Loughner en el Colegio Comunitario de Pima. “El estaba totalmente desconectado de la realidad”, dijo su compañera de clases Lydian Ali. “Tu sabes lo que pasa cuando le hablas a alguien que está enfermo de la mente y no te escucha”, dijo su vecino Jason Johnson. “Era como si viviera en su mundo privado”
Según un compañero de clases citado por The Wall Street Journal, sus delirios eran alternados con “prolongados e inquietantes lapsos de silencio” durante los cuales “fijaba su mirada en sus compañeros”. Sus propios escritos son confusos, incoherentes, marcados por una numerología privada y una inescrutable taxonomía. Formula advertencias sobre lavados de cerebro y control de la mente por parte del gobierno por medio de la “gramática”. Estaba obsesionado con el “sueño consciente” que es sinónimo de alucinaciones.
Esto no tiene nada que ver con conductas políticas. Estos son indicios de enfermedad mental y de ideas desconectadas unas de las otras, incoherentes, alucinantes y totalmente divorciadas de la realidad.
Estos son todos los síntomas de un paranoico-esquizofrénico. Y de un caso muy peligroso. Una de sus compañeras lo consideró tan terriblemente perturbado mental que les escribió a sus amigos y familiares que esperaba ver un día su fotografía en la TV después de perpetrar un asesinato en masa. Esta no era una especulación sin base en la realidad. “En la clase me siento cerca de la puerta con mi bolso al alcance de mi mano para salir rápidamente en el momento en que empiecen los tiros”, agregó la muchacha.
A mayor abundamiento, la evidencia disponible sobre la obsesión de Loughner con la Representante Gabrielle Giffords se remonta por lo menos al 2007, cuando él asistió a un de sus conferencias y se sintió menospreciado por la respuesta de la congresista. En el 2007 nadie sabía quien era Sarah Palin. Glenn Beck todavía se ganaba la vida en Headlines News. No existían ni el Tea Party ni el Plan de Reforma de Salud. El único clima de odio era la campaña corrosiva de difamación contra George W. Bush que lanzaron las izquierdas después de la campaña de Irak. El ambiente fue descrito con exactitud en un artículo del editor de la revista New Republic en el que comenzó afirmando: “Yo odio al Presidente George W. Bush y me atrevo a decirlo”.
Finalmente, la afirmación de que las metáforas utilizadas por Sarah Palin y por otros fueran una incitación a la violencia es totalmente ridícula. Todo el mundo utiliza metáforas militares en asuntos políticos. Cuando Obama dijo en un discurso de campaña en el 2008 en Filadelfia: “Si ellos traen un cuchillo a la pelea nosotros traeremos un revolver” a nadie se le ocurrió decir que estuviera incitando a la violencia.
¿Por qué? Porque la pelea y la guerra son las mas utilizadas de las metáforas políticas. Y por razones obvias. Hablando desde el punto de vista histórico, todas las actividades dentro de una democracia son una sublimación de la ruta ancestral para hacerse con el poder que no era otra que las conquistas militares. Esa es la razón por la cual la terminología persiste. Esa es la razón por la cual decimos, sin siquiera darnos cuenta, “estados campos de batalla” o “apuntando a oponentes”. De echo, la misma palabra “campaña, con la cual describimos una contienda electoral, la hemos robado de la dialéctica de guerra.
Cuando el ex Jefe de Despacho de la Casa Blanca bajo Obama, Rahm Emanuel, mando un pez muerto a un encuestador que le desagradaba, un gesto sutil pero con un alto significado de malicia y asesinato, fue considerado un atractivo ejemplo de excesivo—y creativo—entusiasmo político. Cuando el candidato demócrata al Senado, Joe Manchin, se olvidó de las metáforas y simplemente disparó su fusil contra una etiqueta del proyecto de ley de Cap and Trade (limita y negocia) —mientras decía “le daré un tiro mortal”—nadie se molestó en formular queja alguna sobre violaciones del lenguaje civilizado o invitación al asesinato.
¿Fue Manchin culpable de incitar a Loughner al asesinato? ¿Fue la imitación mafiosa de Emanuel la promotora de un clima de violencia? Las preguntas mismas son totalmente absurdas a no ser que usted sea The New York Times y sustituya el nombre de Sarah Palin con el de alguno de estos dos sujetos. Los orígenes de las alucinaciones de Loughner son claros: enfermedad mental. Pero no sabemos cuales son los orígenes de las alucinaciones de Krugman y de sus colegas en The New York times.
^MASSACRE, FOLLOWED BY LIBEL< ^By CHARLES KRAUTHAMMER= WASHINGTON -- The charge: The Tucson massacre is a consequence of the "climate of hate" created by Sarah Palin, the tea party, Glenn Beck, Obamacare opponents and sundry other liberal betes noires. The verdict: Rarely in American political discourse has there been a charge so reckless, so scurrilous, and so unsupported by evidence. As killers go, Jared Loughner is not reticent. Yet among all his writings, postings, videos and other ravings -- and in all the testimony from all the people who knew him -- there is not a single reference to any of these supposed accessories to murder. Not only is there no evidence that Loughner was impelled to violence by any of those upon whom Paul Krugman, Keith Olbermann, The New York Times, the Tucson sheriff and other rabid partisans are fixated. There is no evidence that he was responding to (BEG ITAL)anything(END ITAL), political or otherwise, outside of his own head. A climate of hate? This man lived within his very own private climate. "His thoughts were unrelated to anything in our world," said the teacher of Loughner's philosophy class at Pima Community College. "He was very disconnected from reality," said classmate Lydian Ali. "You know how it is when you talk to someone who's mentally ill and they're just not there?" said neighbor Jason Johnson. "It was like he was in his own world." His ravings, said one high school classmate, were interspersed with "unnerving, long stupors of silence" during which he would "stare fixedly at his buddies," reported The Wall Street Journal. His own writings are confused, incoherent, punctuated with private numerology and inscrutable taxonomy. He warns of government brainwashing and thought control through "grammar." He was obsessed with "conscious dreaming," a fairly good synonym for hallucinations. This is not political behavior. These are the signs of a clinical thought disorder -- ideas disconnected from each other, incoherent, delusional, detached from reality. These are all the hallmarks of a paranoid schizophrenic. And a dangerous one. A classmate found him so terrifyingly mentally disturbed that, she e-mailed friends and family, she expected to find his picture on TV after perpetrating a mass murder. This was no idle speculation: In class "I sit by the door with my purse handy" so that she could get out fast when the shooting began. Furthermore, the available evidence dates Loughner's fixation on Rep. Gabrielle Giffords back to at least 2007, when he attended a town hall of hers and felt slighted by her response. In 2007, no one had heard of Sarah Palin. Glenn Beck was still toiling on Headline News. There was no tea party or health care reform. The only climate of hate was the pervasive post-Iraq campaign of vilification of George W. Bush, nicely captured by a New Republic editor who had begun an article thus: "I hate President George W. Bush. There, I said it." Finally, the charge that the metaphors used by Palin and others were inciting violence is ridiculous. Everyone uses warlike metaphors in describing politics. When Barack Obama said at a 2008 fundraiser in Philadelphia, "If they bring a knife to the fight, we bring a gun," he was hardly inciting violence. Why? Because fighting and warfare are the most routine of political metaphors. And for obvious reasons. Historically speaking, all democratic politics is a sublimation of the ancient route to power -- military conquest. That's why the language persists. That's why we say without any self-consciousness such things as "battleground states" or "targeting" opponents. Indeed, the very word for an electoral contest -- "campaign" -- is an appropriation from warfare. When profiles of Obama's first chief of staff, Rahm Emanuel, noted that he once sent a dead fish to a pollster who displeased him, a characteristically subtle statement carrying more than a whiff of malice and murder, it was considered a charming example of excessive -- and creative -- political enthusiasm. When Senate candidate Joe Manchin dispensed with metaphor and simply fired a bullet through the cap-and-trade bill -- while intoning, "I'll take dead aim at (it)" -- he was hardly assailed with complaints about violations of civil discourse or invitations to murder. Did Manchin push Loughner over the top? Did Emanuel's little Mafia imitation create a climate for political violence? The very questions are absurd -- unless you're The New York Times and you substitute the name Sarah Palin. The origins of Loughner's delusions are clear: mental illness. What are the origins of Krugman's?
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