|
“Pregúntenle a Osama bin Laden si yo soy un apaciguador”, Barack Obama el 8 de diciembre de 2011.
Es cierto. Barack Obama no apaciguó a Osama bin Laden. Lo mandó a matar. Y, por el hecho de haber dado la orden y aceptado el riesgo, merece nuestro reconocimiento. Reconocimiento por una conducta decisiva y un coraje político.
Pero bin Laden no era una prueba de cómo debe ser aplicada una política específica. Nadie que se respetara en ninguno de los dos partidos políticos habría sugerido jamás negociar o hacer concesiones a bin Laden. Obama demostró coraje. Pero tomar una decisión donde no existen otras opciones no es prueba de la eficacia de política alguna. Esa eficacia se demuestra cuando se toman decisiones basadas en varias opciones.
Y, en este caso, las cosas cambian. Veamos, por ejemplo, las dos mayores iniciativas de Obama en asuntos internacionales: Rusia e Irán.
Desde sus inicios, la nueva administración se propuso suavizar las relaciones con Rusia. El Vicepresidente Biden calificó la política de un antídoto a las decisiones peligrosas que habían sido adoptadas durante los años del Presidente Bush.
Pero, de hecho, la política cautelosa de Bush con respecto a Rusia estaba basada en algunas desagradables realidades: El desmantelamiento de la democracia por parte del Kremlin; su descarada agresión contra la República de Georgia; sus esfuerzos por restablecer una zona de influencia en sus alrededores y su apoyo—desde Siria hasta Venezuela—de regímenes enemigos de los Estados Unidos.
Indiferente ante esas inconvenientes realidades, Obama siguió adelante con su cambio de política. La decisión más notoria fue la abrupta cancelación de los misiles defensivos desplegados en Polonia y la República Checa a los que se oponían con vehemencia los jerarcas rusos.
La cancelación fue una traición a dos aliados de los Estados Unidos que se había alineado con Washington respondiendo tanto a las amenazas soviéticas como a la preocupación de sus propios ciudadanos. Obama no solamente los abandonó a su suerte. Demostró al mundo que la independencia lograda con tanto esfuerzo en Europa Central era solamente provisional y parcial. De hecho, los Estados Unidos dieron permiso a los rusos para interferir en los asuntos de soberanía de Polonia y de la República Checa.
Esta inmensa concesión por parte de Washington, unida a la firma de un nuevo tratado sobre reducción de armamentos (START) que Rusia necesitaba mas que los Estados Unidos, tuvo por objeto mejorar las relaciones con Moscú, calmar la oposición rusa a nuestros misiles defensivos y lograr el apoyo del Kremlin para desmantelar el programa nuclear de Irán.
De eso nada. ¿Cuál ha sido el destino de esa nueva política tres años después de haber sido adoptada? Los rusos andan de nuevo en zafarrancho de combate en lo relativo a misiles de defensa. Están atacando el programa debilitado que ha aplicado Obama. No solamente han amenazado con atacar cualquier base de misiles defensivos norteamericanos en Europa sino han instalado sus propios misiles ofensivos en Kaliningrado. Han llegado incluso a amenazar con retirarse del nuevo tratado de START, que la administración de Obama ha mostrado como un gran éxito de política internacional.
En cuanto a su ayuda para neutralizar a Irán, Moscú se nos ha enfrentado en todos los frentes debilitando o bloqueando cuanta resolución hemos presentado ante la ONU. Y, en un momento en que hasta la Agencia Internacional de Energía Atómica ha confirmado las ambiciones nucleares de Irán, Rusia declara que se opondrá a cualquier tipo de sanción contra Teherán.
Y finalmente, para añadir el desprecio a la injuria, Vladimir Putin ha dicho que las recientes manifestaciones populares contra su gobierno han sido instigadas por Washington. Putin llegó incluso a acusar a la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, de enviar una señal encaminada a activar a los espías y agentes del imperialismo norteamericano dentro de Rusia. Ese es el salario del apaciguamiento con que le han pagado a Obama.
Peor aún ha sido el deplorable apaciguamiento de Obama hacia Irán. Comenzó su gobierno pidiendo perdón por la participación de los Estados Unidos en un golpe de estado que tuvo lugar hace cincuenta años. Acto seguido, ofreció negociaciones bilaterales que, como todos sabían de antemano, fracasaron miserablemente. Y mucho más perversa fue su escandalosa neutralidad durante los levantamientos populares que tuvieron lugar en el 2009. Una oportunidad casi milagrosa de cambiar el odioso sistema que fue perdida por la inercia y la ineptitud de Obama.
Obama se hizo la ilusión de que su verborrea prodigiosa y su exquisita sensibilidad hacia el Islam convencerían a los clérigos fanáticos iraníes a abandonar su programa de armamentos nucleares. Para su sorpresa, se resistieron a sus encantos y optaron por convertirse en una potencia nuclear. Las negociaciones no lograron otra cosa que dar legitimidad al régimen en su momento de mayor salvajismo y vulnerabilidad.
A cambio de sus genuflexiones, Obama consiguió: (a) la continuación de la asistencia iraní a las guerrillas que matan norteamericanos en Irak y Afganistán, (b)un complot para dar muerte a un diplomático extranjero destacado en territorio norteamericano, (c) el anuncio esta semana por Teherán de maniobras navales en preparación a la posibilidad de cerrar el paso a buques petroleros occidentales a través del Estrecho de Ormuz y (d) dar acceso a rusos y chinos a secretos militares norteamericanos del avión capturado en suelo iraní.
¿Cuál fue la respuesta de Obama a estas agresiones? El lunes suplicó a los iraníes que le devolvieran el avión. El martes, copiando al desprecio mostrado antes por Putin, los iraníes, en vez de devolverle el avión, le exigieron a Obama que pidiera perdón. Y, solo unas horas antes, la Secretaria de Estado Clinton había pedido a los iraníes que siguieran negociando porque los Estados Unidos mantenían la esperanza de llegar a soluciones diplomáticas. ¡Benditos los que ponen la otra mejilla! ¿Cómo es posible que esta gente no conozca el límite de lo ridículo?
The wages of appeasement By CHARLES KRAUTHAMMER
"Ask Osama bin Laden ... whether I engage in appeasement." -- Barack Obama, Dec. 8, 2011 WASHINGTON -- Fair enough. Barack Obama didn't appease Osama bin Laden. He killed him. And for ordering the raid and taking the risk, Obama deserves credit. Credit for decisiveness and political courage. However, the bin Laden case was no test of policy. No serious person of either party ever suggested negotiation or concession. Obama demonstrated decisiveness, but forgoing a non-option says nothing about the soundness of one's foreign policy. That comes into play when there are choices to be made.
And here the story is different. Take Obama's two major foreign-policy initiatives -- toward Russia and Iran.
The administration came into office determined to warm relations with Russia. It was called "reset," an antidote to the "dangerous drift" (Vice President Biden's phrase) in relations during the Bush years.
In fact, the Bush coolness toward Russia was grounded in certain unpleasant realities: the Kremlin's systematic dismantling of democracy; its naked aggression against Georgia; its drive to re-establish a Russian sphere of influence in the near-abroad; and its support, from Syria to Venezuela, of the world's more ostentatiously anti-American regimes.
Unmoored from such inconvenient realities, Obama went about his "reset." The signature decision was the abrupt cancellation of a Polish- and Czech-based U.S. missile defense system bitterly opposed by Moscow.
The cancellation deeply undercut two very pro-American allies who had aligned themselves with Washington in the face of both Russian threats and popular unease. Obama not only left them twisting in the wind. He showed the world that the Central Europeans' hard-won independence was only partial and tentative. With American acquiescence, their ostensibly sovereign decisions were subject to a Russian veto.
This major concession, together with a New START treaty far more needed by Russia than America, was supposed to ease U.S.-Russia relations, assuage Russian opposition to missile defense and enlist its assistance in stopping Iran's nuclear program.
Three years in, how is that "reset" working out? The Russians are back on the warpath about missile defense. They're denouncing the watered-down Obama substitute. They threaten not only to target any Europe-based U.S. missile defenses but also to install offensive missiles in Kaliningrad. They threaten additionally to withdraw from the START treaty, which the administration had touted as a great foreign-policy achievement.
As for assistance on Iran, Moscow has thwarted us at every turn, weakening or blocking resolution after resolution. And now, when even the International Atomic Energy Agency has testified to Iran's nuclear ambitions, Russia declares that it will oppose any new sanctions.
Finally, adding contempt to mere injury, Vladimir Putin responded to anti-government demonstrations by unleashing a crude Soviet-style attack on America as the secret power behind the protests. Putin personally accused Secretary of State Hillary Clinton of sending "a signal" that activated internal spies and other agents of imperial America.
Such are the wages of appeasement. Makes one pine for mere "drift." Even worse has been Obama's vaunted "engagement" with Iran. He began his presidency apologetically acknowledging U.S. involvement in a coup that happened more than 50 years ago. He then offered bilateral negotiations that, predictably, failed miserably. Most egregiously, he adopted a studied and scandalous neutrality during the popular revolution of 2009, a near-miraculous opportunity -- now lost -- for regime change.
Obama imagined that his silver tongue and exquisite sensitivity to Islam would persuade the mullahs to give up their weapons program. Amazingly, they resisted his charms, choosing instead to become a nuclear power. The negotiations did nothing but confer legitimacy on the regime at its point of maximum vulnerability -- and savagery.
For his exertions, Obama earned (a) continued lethal Iranian assistance to guerrillas killing Americans in Iraq and Afghanistan, (b) a plot to assassinate the Saudi ambassador by blowing up a Washington restaurant, (c) the announcement just this week by a member of parliament of Iranian naval exercises to shut down the Strait of Hormuz, (d) undoubted Chinese and Russian access to a captured U.S. drone for the copying and countering of its high-tech secrets.
How did Obama answer that one? On Monday, he politely asked for the drone back. On Tuesday, with Putin-like contempt, Iran demanded that Obama apologize instead. "Obama begs Iran to give him back his toy plane," reveled the semiofficial Fars News Agency.
Just a few hours earlier, Secretary Clinton asserted yet again that "we want to see the Iranians engage ... we are not giving up on it." Blessed are the cheek-turners. But do these people have no limit?
|