OBAMA Y SU CHIVO EXPIATORIO

Por Charles Krauthammer

Traducción de Alfredo M. Cepero

(English version follows)



¿Qué haría usted si no puede aspirar basado en sus éxitos y con un 9 por ciento de desempleo, una economía estancada y una ruina deficitaria más larga que la angustia de un pobre? ¿Cómo aspirar a la reelección cuando te preguntan si los norteamericanos están mejor que hace cuatro años y no tienes otra alternativa que decir que no?

 

Juega a la oposición. Declárate el candidato en desventaja. Denuncia los desmanes de Washington como si los electores no supieran que tú has estado a cargo de la tienda por casi cuatro años. Pero sobre todo, encuentra un villano.

 

El Presidente Obama trató primero de encontrar excusas atribuyendo nuestras deplorables condiciones a la interrupción de suministros procedentes de Japón, a la primavera árabe, a la deuda europea y hasta a varios actos de la naturaleza. Pero no funcionó porque sonaba vacío y defensivo. Le faltaba la agresividad que demanda la izquierda vitriólica que respalda a Obama. De ahí que el presidente surgió con una nueva estrategia: No te quejes, condena. Ataca. Emplaza. Acusa. ¿A quién? Pues a los ricos y a sus protectores republicanos que han destruido a los Estados Unidos.

 

Según la demagógica novela de Obama, lo que pone en peligro al Medicare es la negativa de los ricos a pagar lo que el presidente llama su justa proporción de la carga tributaria. Si los millonarios no se ponen con la plata las escuelas se derrumbarán porque las ventajas impositivas para las empresas exploradoras de petróleo están causando cesantías entre los maestros. Y las deducciones privilegiadas para las corporaciones están restando fondos a las investigaciones médicas.

 

Es crudo. Es herético. Pero a la izquierda le encanta. Sin embargo, desde un punto de vista matemático y lógico es ridículo. El aumento de impuestos preferido de Obama—un incremento de entre el 3 y el 4.6 por ciento a millonarios y multimillonarios (irónicamente definidos como individuos que ganan mas de $200,000 anuales)—habría reducido el déficit del año pasado de 1.29 millón de millones a 1.21 millón de millones. Casi un error de ajuste de cifras. La eliminación de las ventajas tributarias a los exploradores de petróleo habría cubierto menos de medio día del gasto federal.

 

Usted podría eliminar la deducción privilegiada que mas dice molestarle a Obama—la depreciación por los aviones de propulsión de las corporaciones—por un período de mas de 100 años y no podría cubrir siquiera un mes de financiamiento del Medicare. Que, dicho sea de paso, debe su insolvencia al aumento de la esperanza de vida, al costo excesivo de la nueva tecnología y al derroche causado por la medicina defensiva frente al alucinante sistema de mala práctica médica.

 

Después de tres años, la tan cacareada transformación social prometida por Obama ha traído consigo una economía desastrosa. ¿Qué hacer se pregunta el presidente? Toma el camino de la difamación: los plutócratas están desangrando al país y yo estoy aquí para salvarlos de ellos. 

 

El problema está en que este tipo de demagogia populista va más allá de la falta de honestidad intelectual. Es muy peligrosa. Obama está abriendo una Caja de Pandora. Es muy fácil atizar el resentimiento popular. Es mucho más difícil controlarlo. Especialmente cuando es estimulado por los principales líderes de la nación.   

 

Ejemplo A. El Senado bajo control demócrata aprobó el lunes un proyecto de ley que castiga a China por la manipulación del valor de su moneda. Si el mismo no es frenado por el líder de la Cámara Baja, John Boehner, podría conducir a una guerra comercial, una versión de Ley Smoot-Hawley en el Siglo XXI. Obama lo sabe. Hasta ahora no ha mostrado interés por entrar en una peligrosa guerra arancelaria. Pero él señala el camino. Una vez que empiezas a buscar villanos los pueden encontrar en cualquier parte, particularmente si son convenientemente extranjeros.

 

Ejemplo B. El senador demócrata Dick Durbin despotrica contra el Bank of America por anunciar un cargo de 5 dólares sobre sus tarjetas de débito. Obama se suma al oprobio con una denuncia contra los bancos y sus cargos escondidos—excepto que este cargo no es escondido. Es perfectamente visible y transparente.

 

Sin embargo, vemos el espectáculo de un notorio senador demócrata estimulando el acoso de un banco grande y con problemas—después que dos presidentes y dos congresos derrocharon miles de millones de dólares para salvar de la quiebra a bancos en situación precaria. No porque lo merecieran o porque fueran honestos sino porque era necesario. Sin bancos no hay préstamos. Sin préstamos no hay negocios. Y sin negocios no hay empleos.

 

Ejemplo C. Al tema de la villanía de los ricos que emana de Washington le ha nacido un hijo. Ese hijo se llama Ocupemos Wall Street. Los airados manifestantes que beben el café exclusivo de Starbuck, visten pantalones de Levi y esgrimen costosos teléfonos móviles por un lado denuncian a las corporaciones norteamericanas mientras por el otro idolatran a Steve Jobs, un gigante corporativo varias veces multimillonario. ¡Que soberana contradicción!

 

Estos indolentes indignados—bajo el peso de préstamos estudiantiles de $50,000 y sus títulos de inglés—han decidido que su desempleo se debe a la maldad de los millonarios sobre cuyos hogares se disponen a marchar en señal de protesta. Todo ello con el aplauso de unos demócratas que sufren de un ataque de envidia ante el movimiento de Tea party y ahora se les hace la boca agua ante la posibilidad de que estos anarquistas antigubernamentales inyecten una precaria energía su causa. 

 

Por desgracia para ellos, el verdadero Tea Party tiene un programa—menos gobierno, menos impuestos, menos regulaciones, menos deuda. ¿Qué es lo que tienen estos protestantes que quieren ocupar Wall Street? Devoremos a los ricos. ¿Y después que hacemos? Bueno todavía no lo hemos decidido.

 

No existe un plan posterior. Pero no importa. Después de todo, no se trata de programas y políticas. Se trata de buscar un chivo expiatorio. De un gobierno echando la culpa de sus fracasos y problemas a enemigos de clase y convirtiendo el descontento en una rabia rampante contra unas pocas víctimas.

 

Esta estrategia parece estar funcionando desde el Senado hasta las mismas calles. Obama es demasiado inteligente para no darse cuenta de lo que ha empezado. Pero, mientras que le de una oportunidad de ser reelecto, no le importa un comino.

 

 

^THE SCAPEGOAT STRATEGY<
^By CHARLES KRAUTHAMMER=
     
WASHINGTON -- What do you do if you can't run on your record -- on 9 percent unemployment, stagnant growth and ruinous deficits as far as the eye can see? How to run when you are asked whether Americans are better off than they were four years ago and you are compelled to answer no?


Play the outsider. Declare yourself the underdog. Denounce Washington as if the electorate hasn't noticed that you've been in charge of it for nearly three years. 
But above all: Find villains.


President Obama first tried finding excuses, blaming America's dismal condition on Japanese supply-chain interruptions, the Arab Spring, European debt and various acts of God.
Didn't work. Sounds plaintive, defensive. Lacks fight, which is what Obama's base lusts for above all.
Hence Obama's new strategy: Don't whine, blame. Attack. Indict. Accuse. Who? The rich -- and their Republican protectors -- for wrecking America.


In Obama's telling, it's the refusal of the rich to "pay their fair share" that jeopardizes Medicare. If millionaires don't pony up, schools will crumble. Oil-drilling tax breaks are costing teachers their jobs. Corporate loopholes will gut medical research.


It's crude. It's Manichaean. And the left loves it. As a matter of math and logic, however, it's ridiculous. Obama's most coveted tax hike -- an extra 3 to 4.6 percent for millionaires and billionaires (weirdly defined as individuals making over $200,000) -- would have reduced last year's deficit from $1.29 trillion to $1.21 trillion. Nearly a rounding error. The oil-drilling breaks cover less than half a day's federal spending.

 

You could collect Obama's favorite tax loophole -- depreciation for corporate jets -- for 100 years and it wouldn't cover one month of Medicare, whose insolvency is a function of increased longevity, expensive new technology and wasteful defensive medicine caused by an insane malpractice system.

 


After three years, Obama's self-proclaimed transformative social policies have yielded a desperately weak economy. What to do? Take the low road: Plutocrats are bleeding the country and I shall rescue you from them.


Problem is, this kind of populist demagoguery is more than intellectually dishonest. It's dangerous. Obama is opening a Pandora's box. Popular resentment, easily stoked, is less easily controlled, especially when the basest of instincts are granted legitimacy by the nation's leader.


Exhibit A. On Tuesday, the Democratic-controlled Senate passed punitive legislation over China's currency. If not stopped by House Speaker John Boehner, it might have led to a trade war -- a 21st-century Smoot-Hawley. Obama knows this. He has shown no appetite for a reckless tariff war. But he set the tone. Once you start hunting for villains, they can be found anywhere, particularly if they are conveniently foreign.


Exhibit B. Democratic Sen. Dick Durbin rails against Bank of America for announcing a $5 a month debit card fee. Obama echoes the opprobrium with fine denunciations of banks and their hidden fees -- except that this $5 fee is not hidden. It's perfectly transparent.


Yet here is a leading Democratic senator advocating a run on a major (and troubled) bank -- after two presidents and two Congresses sunk billions of taxpayer dollars to save failing banks. Not because they were deserving or virtuous but because they are necessary. Without banks, there is no lending. Without lending, there is no business. Without business, there are no jobs.


Exhibit C. To the villainy-of-the-rich theme emanating from Washington, a child is born: Occupy Wall Street. Starbucks-sipping, Levi's-clad, iPhone-clutching protesters denounce corporate America even as they weep for Steve Jobs, corporate titan, billionaire eight times over.

 
These indignant indolents saddled with their $50,000 student loans and English degrees have decided that their lack of gainful employment is rooted in the malice of the millionaires on whose homes they are now marching -- to the applause of Democrats suffering acute tea party envy and now salivating at the energy these big-government anarchists will presumably give their cause.


Except that the real tea party actually had a program -- less government, less regulation, less taxation, less debt. What's the Occupy Wall Street program? Eat the rich.  
And then what? Haven't gotten that far.


No postprandial plans. But no matter. After all, this is not about programs or policies. This is about scapegoating, a failed administration trying to save itself by blaming our troubles -- and its failures -- on class enemies, turning general discontent into rage against a malign few.


From the Senate to the streets, it's working. Obama is too intelligent not to know what he started. But so long as it gives him a shot at re-election, he shows no sign of caring.
     

 

 

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