CANTO AL 1O DE OCTUBRE

Por Alfredo Cepero

 

 

A Chea Pedroso de Garcia-Beltrán, inspiración y estímulo en la lucha.


Los esclavos trabajan bajo el sol de Bayamo 
 
 mientras con ceño fruncido los observa el amo.
 
Las cañas como índices apuntan hacia el cielo

y lánguidas se inclinan para que pase el viento.

Los bueyes, gastrónomos con aires de filósofos griegos,

esconden su ignorancia detrás de su silencio. 

Es octubre, y muy pronto vendrá la molienda de enero,

donde el dulce guarapo de la caña cubana

se mezclara con el agrio sudor de los negros

para darse en azúcar rubia o mulata.

La hija del vientre sonoro y doloroso del ingenio

que será de todos los productos la mas democrática,

pues llegará tanto a la mesa del proletario como del aristócrata. 

De pronto, el amo se levanta,

y hasta el péndulo se detiene

en el reloj de La Demajagua.

Carlos Manuel como César

tiene su suerte echada.

Ha llegado la hora

de engendrar a la patria.

De que el amo y el siervo

en la Cuba del azúcar, del café y de las palmas,

unan fuerza y talentos

en el cultivo de los valores del alma. 

Esta vez la campana ha sonado

sin la austeridad del llamado al trabajo,

y Céspedes no puede evitar un temblor en los labios

cuando al esclavo lo llama soldado.

Porque el sabe muy bien, que para el inepto,

mas que bendición, la libertad es carga.

Y que de nada vale la igualdad proclamada

si no se le rubrica con sangre en la batalla. 

Marchan por fin los hombres, hijos todos del miedo,

jurándose uno a otro que, por Cuba, morir es vivir,

como dice en su himno Perucho Figueredo.

Van hacia Bayamo, la ciudad empinada,

que muy pronto sabrá de la tea y la llama.

La ciudad donde Cuba prefirió ser cenizas

que tesoro violado por foránea avaricia. 

Las tropas españolas se van como crepúsculos

y entran las cubanas como amaneceres.

Los hombres han sentido endurecer sus músculos

y hay mares desbordados en ojos de mujeres.

La iglesia esta repleta de velos y banderas,

de música, de himnos, de rezos y promesas,

porque nadie sospecha que esta victoria ingente

será solo presagio de derrota inminente. 

Y llegan las noticias de columnas que avanzan

para imponer sobre Bayamo la corona de España.

Leones de Castilla, de Galicia y Navarra,

que conocen del invierno y la batalla,

que donde ponen el ojo saben poner la bala;

pero que no conciben pueda haber otra patria

que las montañas gallegas o la llanura castellana. 

Carlos Manuel de Céspedes se aleja

dejando tras de sí una elocuente hoguera,

que habla de un pueblo para el cual la riqueza

no puede ser medida ni pesada en materia.

Bayamo con su incendio

ilumina distintos lugares y tiempos.

Es la esperanza de ayer, de hoy y de mañana,

de que aunque duerme,

es férrea la voluntad cubana

de sacrificar familia, bienestar y dinero

para alimentar la hoguera del amor a la patria.

 

 

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