LA GRAN CARRERA

Luis Ventoso

ABC de Madrid

Los rusos no conocieron al genio que hizo posible su carrera espacial hasta que se murió en 1966, con 59 años. Ese día, «Pravda» publicó un amplio obituario, ilustrado con una foto en la que al desconocido héroe casi no le cabían las medallas en su pechera (lo que no contó el periódico oficial fue que en su brutal purga de 1938, Stalin mantuvo varios años al científico en el Gulag, mermando su salud para siempre).

Las cenizas del ingeniero fueron depositadas en los muros del Kremlin. Máxima solemnidad. Pero hasta ese día, el nombre de Sergei Korolev había sido un alto secreto de Estado. Solo se le mencionaba como el anónimo «diseñador jefe». Korolev, judío ucraniano, había sido piloto y luego estudió ingeniería con el gran Tupolev. Gracias al ingenio de Korolev con los cohetes, los soviéticos se anotaron una racha de éxitos espaciales que pasmó al planeta.

El primer misil intercontinental. El primer satélite, el Sputnik 1 de 1957. Ese mismo año, el viaje al espacio de Laika, una perrita callejera de Moscú achicharrada en el altar de la ciencia. El inaudito recorrido orbital del simpático Gagarin, en abril de 1961 (en realidad su vuelo más peligroso fue cuando estando encamado con una amante saltó por una ventana al oír que llegaba su mujer).

Y en 1963, Valentina, la primera mujer cosmonauta, a la que pude conocer. Con casi 80 años seguía constituyendo una presencia imponente, pese a su corta estatura. Me contó que en su misión se olvidaron de darle un cepillo de dientes. «Pero -añadía socarrona- eso no fue nada comparado con que cuando ya estaba en el espacio descubrí que mi nave, la Vostok 6, estaba programada para subir, pero no para bajar». Korolev le hizo llegar un algoritmo que le ahorró un final a lo Laika.

Hoy sabemos que entre EE.UU. y la URSS mediaba un abismo. Pero a finales de los 50 y primeros 60 no estaba claro que el modelo comunista fuese inferior al occidental. La URSS y EE.UU. se disputaban la hegemonía mundial con una enorme batalla de propaganda. El presidente John F. Kennedy entendió que si quería ganar la Guerra Fría, si quería mostrar al mundo que el modelo de la democracia liberal era el más eficaz, debía lanzarse a la carrera espacial.

Por eso en la sesión solemne ante las Cámaras de mayo de 1961, solo un mes después del alarde de Gagarin, embarcó al país en una gran obra colectiva, casi un sueño: «Esta nación debe comprometerse a poner a un hombre en la Luna antes de que acabe esta década y traerlo de vuelta con seguridad». Kennedy no llegó a vivir lo que hoy conmemoramos. Le volaron la cabeza en Dallas dos años después de su discurso. Pero su visión triunfó, dando fe de que la mayor gesta científica de la historia la había logrado un país que apostaba por las libertades personales y la democracia representativa.

Kennedy, con sus defectos, entendía algo elemental: las ideas escriben la historia. Hoy el cargo de líder del mundo libre está vacante, porque quien debe ejercerlo ha resultado un populista miope, que siente más simpatía por Putin y Erdogan que por los nobles valores que le toca encarnar. Lástima.

https://www.abc.es/opinion/abci-gran-carrera-201907200008_noticia.html

 

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