NOSTALGIA DE CUBA

Hugo J. Byrne

(Dedicado a la memoria de mi hermano)

Tuve la extraordinaria oportunidad de visitar las tres provincias al este de Matanzas durante una brevísima e improductiva actividad laboral a mediados de 1961. Recorrí solamente dos veces la costa norte de Pinar del Río, por cortesía de uno de los ejecutivos del negocio en que trabajaba y nunca me adentré en el territorio de esa hermosa zona, excepto por una excursión a Soroa. De ella vagamente recuerdo la sonrisa pícara de una muchacha, un paisaje cubano increíblemente hermoso y una orquídea matizada por brillantes colores.

Era muy joven entonces y a estas alturas no sé cual de las tres impresiones se gravó en mi recuerdo con más fuerza. Sólo sé que, aunque no soy poeta, fue la primera vez que eché muy de menos un lápiz y una hoja de papel. Ese poema nunca escrito desapareció de mi memoria hace muchísimos años.

Por eso mis recuerdos de Cuba se concentran fundamentalmente en dos ciudades: Matanzas y La Habana. En la primera, mi cuna, permanecí durante los primeros 18 años de vida. En la Capital de Cuba fue donde realmente me hice hombre. Nadie llega a la madurez hasta que se enfrenta por sí sólo con las realidades de la vida, las que siempre son más ingratas que placenteras. Cuando eso le sucede a un hombre durante un período substancial de su vida, está equipado para vivir el resto.

Una vez oí a un joven muy lleno de sí mismo decirle a un muy bondadoso familiar quien lo había literalmente criado durante la primera parte de su vida, que la familia era “un accidente” y que él se debía a “la revolución”. La frase no era original. Fue escrita por un revolucionario del siglo XIX, cuya identidad no interesa a este trabajo.

Tuve la intención de agarrarlo por el cuello y apretar con toda mi fuerza. Me alegré mucho de haber podido controlar mis impulsos, por razones muy personales y a pesar de vivir todavía en una época en que muy a menudo no los controlaba. Si menciono esta anécdota es porque soy completamente ajeno a esa noción.

La idea de que el individuo es el elemento primordial de la sociedad la aprendí del estudio y de la vida, pero la identidad común con mis padres y hermano mayor no tuve que aprenderla. La adquirí directamente a través del calor que me brindaron: el amor no se cotiza. Es lo único gratis en la vida.

Eso es para mí Cuba. El amor de mis padres, de mi hermano y del resto de mi familia. El calor de mi casa, la dulzura de mi madre, el amparo de mi padre, a un tiempo severo y tierno. El abrazo protector de mi hermano. El plácido amanecer de Matanzas, cuando los primeros rayos del sol que surgían detrás del gran reloj coronando el Palacio Municipal se veían desde el balcón interior. El delicioso aroma del café matutino. La entrada a Matanzas desde el oeste, en que la carretera se bifurca ante el imponente espectáculo de la ciudad y la bahía.

En una época, para mí Matanzas era Cuba y viceversa. Sólo que no me daba cuenta. Matanzas tenía la enorme ventaja de estar a poco más de 60 millas al este de La Habana y a mucha menos distancia al oeste de Varadero. Cuando se finalizara el segmento de la Vía Blanca que llegaba a Matanzas, podía rodar desde allí hasta La Habana en 42 minutos. Conservo una gran pena: nunca visité las Cuevas de Bellamar. Creía que lo podía hacer en cualquier momento. Eran como la Loma del Pan, que parecía estar al alcance de la mano desde la Carretera Central.

A veces me impaciento al no saber de mis hijos después de varias semanas. Espero en ocasiones que sean ellos quienes se comuniquen conmigo. Pero en cuanto reflexiono un poco me percato del absurdo de esa pretensión. Ellos no se deben a mí, sino yo a ellos. Eso lo aprendí de mis padres, pero también de mi hermano. Mario dejó esta vida en enero de 2008 y su afán principal siempre fueron sus tres hijos. Por ellos cambió de residencia mudándose a Miami para tenerlos muy cerca, después de haber vivido en California durante muchos años.

Me despedí temporalmente de Mario el día 12 de septiembre de 1961 al dejar el territorio cubano con mi esposa y mi hija de once meses. Nuestra segunda hija nació en octubre de ese año en Miami y después la adversidad impactó cruelmente nuestras vidas. Durante ese tiempo, el más difícil de todos, recibía el apoyo incondicional de Mario. Aún conservo alguna de su corresponencia de entonces. Semi postrado por una hepatitis que casi lo mata, pensaba más en mi predicamento que en el suyo.

Recuerdo vivamente sus denodados esfuerzos por conseguir que mi familia pudiera salir completa e intacta de Cuba. “Tienes que pensar en el futuro”, me decía, señalando a mi hijita y al vientre de mi esposa. Primero tuvo que convencerme, después empujarme y durante todo ese tiempo gestionar para mí las múltiples diligencias que requería salir del territorio. Lo único que no pudo hacer fue renunciar a mi trabajo por mí. Yo tampoco lo hice. Aunque trabajaba para el estado me fui subrepticiamente. A la semana dos idiotas del Régimen fueron a la casa de mi madre a indagar por mi paradero. Dos semanas después empezaron a investigar con seriedad la llamada “vigencia” o permiso de salida para toda la gente.

Este octubre Dios mediante cumpliré 79 años y cuando llegué al territorio norteamericano tenía sólo 26. Eso indica que menos del treinta y tres por ciento del tiempo que he vivido lo pasé en Cuba. El sur de California ha sido mi hogar desde finales del año 1963 y muy probablemente sea aquí donde finalice mi vida. Aún así Cuba es la nación que me formó y Matanzas y La Habana los escenarios de los actos decisivos en el drama que narra esa forja.

 

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